Son las once de la noche de un viernes y usted acaba de comer en un bonito restaurante de Puerto Madero.
Cuando sale del local las luces de neón del Casino Flotante que se encuentra anclado a escasos 500 metros lo llaman cual si fuera el canto de unas hermosas sirenas.
Estaciona el coche, se baja y ni bien entra a la sala de juegos una pulposa señorita le ofrece jugar a un nuevo entretenimiento en el que nunca puede perder. Se trata de una ruleta que no tiene al temido número cero entre los candidatos. Usted puede apostar a primera, segunda o tercera docena. Debe elegir 12 números y si acierta se lleva 6.000 pesos. Si pierde no pasa nada.
Cuando está a punto de sentarse a la mesa, otra señorita no menos atractiva le ofrece jugar en la ruleta contigua, donde tampoco existe el número cero, pero en este caso usted puede apostar a dos docenas en vez de una. Si la bolilla cae en alguno de los 24 números por usted elegidos, pues gana 3.000 pesos, si no acierta tampoco pierde nada.
Como lo suyo no son las matemáticas llama a un amigo estadístico y este le resume el problema del siguiente modo.“Mirá, en la primera de las ruletas, cada 99 veces que juegues vas a ganar 33 y te vas a llevar a casa 6.000 pesos”; “En cambio en la segunda ruleta de cada 99 veces que juegues vas a ganar 66 (el doble), pero en cada oportunidad te llevas la mitad de la plata que en la anterior; o sea: 3.000 pesos”.
Si usted pudiera elegir una de las dos ruletas ¿en cuál preferiría probar su suerte?

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Ahora supongamos que una mafia rusa lo secuestra y lo lleva a un garito donde hay dos ruletas clandestinas.
Como las ruletas son rusas usted pierde siempre.
En la primera de ellas, tiene que elegir dos docena, pero si sale la única docena que no eligió pierde 6.000 pesos. Si sale alguna de las dos a las que usted les apostó, se salva.
En la otra ruleta tiene que elegir una docena sola, si sale alguna de las otras dos a las cuales no les apostó pierde 3.000, pero si sale la única docena que usted eligió, pues no pierde nada.
Cuando está a punto de retirarse sin jugar en ninguna de las dos ruletas, siente un caño frío que se apoya en su espalda. No hay escape. Está obligado a elegir una de las dos ruletas rusas.
¿En cuál preferiría jugar?
No sé qué es lo que le pasó a usted, pero Daniel Kahneman ganó un Premio Noble de Economía por hacer un experimento muy parecido en una Universidad de Israel y replicarlo por todo el mundo siempre con el mismo resultado (click aquí para ver el paper de Kahneman), sistemáticamente las personas prefieren jugar en la segunda ruleta cuando se trata de ganar plata, pero eligen la primera cuando lo que buscan es evitar una perdida. La única posibilidad de que suceda esto es que las personas sean aversas al riesgo en el terreno de las ganancias y buscadores de riesgo cuando se trata de las pérdidas.

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Si pensamos que el Homo Sapiens Sapiens tiene 150.000 años de historia como cazador recolector nómade, pues aparece evidente la presión selectiva responsable de que ese comportamiento esté impreso en nuestros genes.
Cuando un cazador ya tenía una presa que le garantizaba el alimento por los próximos días, pues pocos incentivos tenía a arriesgarse en una nueva expedición de caza, puesto que no tenía mucho para ganar (solo la gula) y bien podía ocurrir terminara siendo el almuerzo de los leones, sin poder pasar a las generaciones futuras sus genes de hombre arriesgado.
Pero si alguien le robaba la presa a nuestro ancestro, pues ahora sí tenía lógica arriesgarlo todo en una nueva cacería, puesto que para poder sobrevivir necesitaba alimentarse y, perdido por perdido bien valía tomar el riesgo de ser comido por otros depredadores, puesto que sin alimento la muerte no era una posibilidad sino una certeza. Aquellos que cuando lo habían perdido todo se arriesgaban más simplemente pasaban más genes con ese comportamiento a las futuras generaciones.
Por si quedaban dudas de que se trataba de un comportamiento moldeado por las presiones de nuestra evolución, el biólogo Thomas Carasco de la Universidad de New York encontró ese mismo patrón en una especie de aves llamadas juncos de ojo amarillo (link aca).
Otra estrategia alternativa para reducir el riesgo de morir de inanición es la de cooperar, colectivizando los resultados de la caza y la recolección de alimentos, de modo de maximizar los genes que se pasan a las futuras generaciones.
En “El Gen Egoísta”, sin embargo, Richard Dawkins demostró que los comportamientos de cooperación no son una estrategia conveniente hacia dentro de un grupo. Simplemente aquellos que hagan trampa y reduzcan su contribución a la olla común pueden pasar más genes a sus descendientes de suerte tal que en un número suficiente de generaciones ese comportamiento egoísta se terminaría generalizando e imponiendo, toda vez que resulta difícil para los otros saber si ese miembro del grupo que no aporta alimentos realmente tuvo un mal día de caza, con mala suerte, o si por el contrario la magra cosecha tuvo que ver con que prefirió no tomar demasiados riesgos y permaneció resguardado en lo alto de algún árbol, a la sombra de los peligros.
Por fortuna existen dos explicaciones alternativas que podrían salvar la hipótesis de que somos honestos por naturaleza y tenemos una tendencia innata a cooperar con los otros.
La primera de ellas proviene de la “Regla de Hamilton” (link aquí a la investigación original de Hamilton) , un conocido resultado en biología que nos indica que la cooperación es un resultado evolutivo probable si los que contribuyen con el grupo están estrechamente vinculados de manera genética a los que se benefician de tal comportamiento desinteresado (si son parientes) y si el beneficio de la cooperación en términos de éxito de supervivencia y procreación de los parientes supera los costos en materia de reducción de chances de sobrevida y reproducción del altruista. De allí que muchos autores como por ejemplo Tim Clutton Brock (link a su investigación) hayan demostrado que la monogamia es un comportamiento que evoluciona conjuntamente con la cooperación, por cuanto es una estrategia reproductiva que aumenta el nivel de emparentamiento de un grupo social (una familia en el sentido amplio de la palabra).
La segunda hipótesis es la presentada por David y Edward Wilson, Biólogos de Binghampton y New York respectivamente (link aquí) quienes sostienen que la evolución es un proceso multinivel, donde parte de las presiones del ambiente seleccionan a los individuos más aptos dentro de un grupo determinado, al mismo tiempo que otras presiones seleccionan a grupos enteros en perjuicio de otras poblaciones.
Por ejemplo, hacia dentro del grupo es posible que el comportamiento egoísta resulte exitoso cuando es difícil detectar a los tramposos, y se termine transmitiendo genéticamente y generalizando en los descendientes. Pero los grupos con individuos que logren cooperar entre ellos, podrán tomar mayores riesgos en la caza y la recolección de alimentos, reduciendo así sus chances de morir por inanición y aumentando su tasa de supervivencia. Además podrán construir alianzas más estrechas que les permitirán imponerse en la batalla por los recursos escasos a otros grupos distintos conformados por personas menos cooperativas y más egoístas, con menor disposición a tomar riesgos (triunfar en las formas prehistóricas de la guerra).
La selección natural puede haber favorecido inicialmente a aquellos individuos con genes egoístas, amantes al riesgo en el terreno de las pérdidas pero aversos a la incertidumbre en el campo de las ganancias.
A medida que el territorio fue aumentando en densidad poblacional y los recursos se fueron haciendo más escasos, sin embargo, aquellos grupos en los que el comportamiento egoísta se había impuesto y generalizado, no pudieron sobrevivir a las oscilaciones de los resultados (no pasaron el invierno) y los que lograron esquivar la mala fortuna perecieron en las batallas con otros grupos más cooperativos y solidarios.
Cooperación y solidaridad evolucionaron así, como comportamientos más aptos tanto para la guerra, como para la paz.