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La reunión en la que el flamante presidente del Banco Central les informó a las entidades financieras que no estaba de acuerdo con pagar los seguros de cambio que regaló Alejandro Vanoli en los últimos meses, despejó las pocas dudas que quedaban en el sentido de que la corrección en el mercado del dólar será de shock y ocurrirá probablemente entre fines de diciembre y principios de enero

Esto es evidente, porque si no hubiera previsto un aumento significativo del dólar, Federico Sturzenegger no se habría puesto en contra a los principales bancos del país en sus primeras horas de gestión, planteándoles que se hicieran cargo de haber comprado algo viciado de dudosa legalidad. Sólo si se está pensando en una devaluación que pondría al dólar bien lejos de los $10,50 a los que se vendían los contratos a futuro para marzo, sería costoso para el BCRA cumplir con su compromiso de cubrir (en pesos) la diferencia entre los cerca de $10,50 comprometidos y el valor que efectivamente tenga ese mes la divisa norteamericana.

Y si la corrección del precio del billete verde estuviera calculada para febrero, no tendría tampoco sentido pagar un costo tan alto; después de todo, devaluar en febrero o en marzo no es tan distinto. Lo más probable, si consideramos esos dos elementos, es que la devaluación ocurra dentro de los próximos 30 días

¿SHOCK O GRADUALISMO?

Por las razones antes expuestas es evidente que el Gobierno no está pensando en una corrección gradual, sino en un shock para pagar todo el costo de la devaluación de una y lograr que rápidamente se recomponga la demanda de pesos, vuelvan las inversiones, los ahorristas particulares vendan sus dólares y engorden nuevamente las reservas.

Ya hemos explicado en esta columna, además, por qué no puede hacerse de otro modo puesto que las microdevaluaciones son rápidamente anticipadas por los inversores, que esperarían hasta que la divisa alcance su valor de equilibrio para entrar al mercado y por si ello fuera poco, los aumentos secuenciales del tipo de cambio acelerarían la inflación y encima destruirían las expectativas de los consumidores si estos observaran que el dólar aumenta todos los días.

En cambio, si el dólar alcanza rápido un valor que sea percibido como suficiente por parte de los agentes económicos, en el sentido de que no esperen subas significativas ulteriores en la paridad cambiaria, pues muchos convertirán sus ahorros en pesos, tentados por la tasa de interés que pueden ganar, siempre que este premio sea superior a la devaluación esperada

Al mismo tiempo, todas las colocaciones de deuda en dólares que logre hacer el Gobierno en el exterior, le permitirán salir a comprar pesos en la economía, cambiando radicalmente la fuente de financiamiento del déficit fiscal, que hasta ahora descansaba mayormente en la fabricación de dinero sin respaldo, que luego alimentaba la inflación y presionaba sobre el tipo de cambio.

Se lograría así corregir el tipo de cambio casi de manera instantánea, aunque ello no alcanzaría para abrir completamente el cepo y lograr que las empresas puedan mandar al exterior las ganancias que no se les permitió enviar en los cuatro años anteriores, ni para que las fabricas locales puedan pagar las deudas en dólares con sus proveedores del exterior. Para ese corralito, que ha existido desde la imposición del cepo, habrá que buscar alternativas voluntarias, como la suscripción de bonos dolarizados, que evitan el embudo que generaría su salida abrupta.

¿Y LOS PRECIOS?

Supongamos que los grandes supermercados remarcaran más allá del componente importado de los productos que venden. ¿Qué es lo que ocurriría? Que el changuito del súper aumentaría mucho y la gente no tendría entonces dinero para comprar otras cosas, como por ejemplo irse de vacaciones, salir a comer afuera, modernizar el celular o renovar el electrodoméstico, cambiar el auto, ir al cine, etcétera.

Como bien indicaron en un reciente trabajo los economistas Diego Gacomini y Javier Milei, en la medida en que no aumente la relación entre los pesos en la calle y los bienes con que cuenta la economía, la suba de algunos precios típicamente asociados con el dólar, ineluctablemente implicará la caída del consumo de otros bienes, empujando sus precios a la baja, de suerte tal que se amortigüe el efecto inflacionario final.

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Pero también es cierto que si ello ocurre, la caída en el consumo de los bienes y sobre todo de los servicios que se venden fuera del supermercado generaría una recesión en todos esos sectores hasta que la caída en los precios se produzca como consecuencia de las menores ventas.

Tampoco además maximizarían sus ganancias los supermercadistas, porque sólo tiene sentido remarcar multiplicando los precios en góndolas por los aumentos de precios que dispongan los fabricantes y productores, cuando existe del otro lado una demanda que convalide en parte esos aumentos. Pero en tanto y en cuanto las subas son ocasionadas por la devaluación, que sólo implica un cambio en los precios relativos, y no por la presión de una demanda inflada por la emisión monetaria, pues la consecuencia ineludible sería una caída en el consumo de los alimentos también.

Aquí se produce entonces un extraño caso donde lo mejor que puede ocurrir es que la Secretaría de Comercio coordine a los grandes formadores de precios para que estos actúen como si fueran uno solo, puesto que un monopolista sabe que en última instancia cualquier suba de precios impactará en una menor demanda, de manera que si los súper actuaran como uno solo tendrían incentivos para no subir tanto los precios.

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fuente:

zzzeldia