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El 5 de noviembre del 2008, en plena inauguración de un edificio académico en la London School of Economics, la Reina Isabel II le preguntó al Profesor Luis Garicano, el Director de investigación del departamento de administración, cómo era que nadie había visto venir la crisis financiera internacional que se había llevado puesto al Lehman Brothers, una entidad financiera con 636.000 millones de dólares en activos, en septiembre de ese año.

El catedrático fue tomado por sorpresa y ensayó una respuesta de compromiso; dijo que, en cada momento, cada uno pensaba que estaba siendo respaldado por otro y que estaban haciendo las cosas bien, lo que traducido al castellano podría resumirse en un exceso de confianza. Sin embargo, la realidad es que la mayoría de los bancos mundiales están todos los días esquivando icebergs y de hecho su rol ha sido central para amortiguar el impacto del Covid en el mundo entero. Focalizar la atención en la incapacidad de los economistas para predecir los shocks observados sesga la información en un sentido que recuerda las investigaciones del matemático de origen rumano Abraham Wald, sobre la vulnerabilidad de los aviones norteamericanos en la segunda guerra mundial. Los ingenieros planeaban reforzar las alas, porque observaban una fuerte concentración de disparos en esa zona, en las naves que regresaban de combate. La paradoja que descubrió Wald fue que la zona más vulnerable de la estructura era en realidad la del motor, puesto que los aviones que recibían disparos en esa parte de la estructura tenían menos chances de sobrevivir al ataque y los que efectivamente volvían no eran una muestra representativa el total, sino de los casos que se habían salvado. Mirar solo los aviones que regresa nos hace incurrir en el sesgo de supervivencia

La historia viene a cuento del artículo publicado en Pagina 12 en los últimos días del 2020, en el que Zaiat escracha a varios colegas “pronosticadores”, por sus errores ex post. La enorme confusión de Alfredo es que el trabajo de los economistas no es adivinar los shocks; esa es la actividad principal de Horangel o de Ludovica. No se puede culpar a los profesionales por no haber visto venir la pandemia, la crisis del 2009 o la reversión en el flujo de capitales y la sequía del 2018. Es cierto que alguien podía notar que la economía global era vulnerable por su alta integración y su relativamente baja inversión en salud, al colapso sanitario por una epidemia o peor aún, a un desastre climático de consecuencias devastadoras. Mucha gente, de manera notable Bill Gates, vienen advirtiendo sobre esta posibilidad. Pero una cosa es anunciar el fin del mundo y otra cosa muy distinta es ponerle fecha. Lo mismo ocurría con la burbuja inmobiliaria del 2008, que desde el espejo retrovisor parecía obvia, o con el colapso de la economía argentina en 2018; simplemente no conocemos tantos visionarios que se hayan hecho millonarios apostando a esos eventos y economistas como Nouriel Rubini que vaticinaron el crack, también se adelantaron a anunciar crisis que no ocurrieron en casi todos los años sucesivos. Un último ejemplo, sobre el que abunda Zaiat para descalificar a los que pronosticaron una inflación mas alta; el gobierno dispuso una serie de precios máximos a alimentos y congeló tarifas, algo que otra vez por el retrovisor es obvio pero que no estaba tan claro cuando Alberto insistía en mostrarse como “moderado “y nombraba a Guzmán de ministro, que no es justamente partidario de esas intervenciones. El 2020 cierra con una inflación cercana al 35% pero sin embargo los alimentos y bebidas que están por fuera de precios máximos y cuidados trepan al 57%, al tiempo que los precios regulados suben solo 16,9%.

Peor aún cuando se trata de estimar los valores de las principales variables en una economía tan volátil como la nuestra. De acuerdo con los datos de la base de Dos Siglos de Economía Argentina, de Orlando Ferreres, el PBI per cápita de Argentina creció en los últimos 50 años a una tasa promedio del 1,1%, mientras que Australia lo hizo al 1,8% anual, pero mientras que los de la tierra del canguro mostraron un desvío estándar de 1,6%, nuestro país tuvo 5,3%. Esto quiere decir que, bajo algunos supuestos, una estimación al 95% de confianza para la media de crecimiento de la Argentina sería 1,1% +/- 10,3% mientras que para Australia sería 1,8 +/- 3,1%.

Por supuesto; en la realidad no todo el desvío es un shock aleatorio y cuando hubo un evento fortuito que hundió a la economía en marzo y abril, hay un arrastre estadístico que permite ponerle piso, si no ocurre otra catástrofe, a la recuperación del año siguiente. Por ejemplo, si la economía local mantiene el mismo nivel de actividad del mes de noviembre del año pasado, hay un 4,8% de crecimiento asegurado por efecto estadístico (porque noviembre del 2020 está 4,8% por encima del promedio de todo 2020).

Por eso valoro mucho la actitud de colegas como el Profesor Juan Carlos De Pablo, que nunca dice cuánto va a ser el crecimiento de la economía, porque el margen de error es tan grande que nuestro conocimiento sobre la media queda opacado por la varianza. La respuesta mas honesta debería ser X+/- 10,3% pero eso es lo mismo que no decir nada.

Otro capítulo aparte es el de la estimación del precio de activos financieros, como el dólar, o ahora que se puso de moda, el del Bitcoin, puesto que como nos enseñó el Nobel Eugene Fama; los precios actuales reflejan toda la información conocida hasta el momento. Mucha gente piensa que los economistas tenemos un quinto sentido que nos permite saber lo que va a pasar y nos consultan permanentemente por eso, pero no, lamentablemente solo podemos tener conjeturas y son raras las veces que somos más inteligentes que los mercados.

Cuando me preguntan cuanto va a salir el dólar en diciembre del año que viene, lo mejor que puedo hacer es suponer que si no pasa nada en los próximos meses debería acompañar la inflación y por lo tanto, cualquier cosa que hoy sale $160, cincuenta porciento de inflación mediante costará $240. Pero suponer que en nuestro país no va a pasar nada en doce meses no es muy realista; lo que ocurre es que nadie puede adivinar cual o cuales serán los shocks.

¿Qué es entonces lo que les ofrezco a mis clientes? La respuesta es una palabra: herramientas. Quiero ayudarlos a ver el mundo como lo veo yo, a pensar en términos de sistema de precios, incentivos y condicionantes externos (como los precios de commodities) e internos (como los impactos del dólar y la inflación en las expectativas de consumidores e inversores, o el factor político). Me gusta mostrarles como se conectan los mercados y que impactos potenciales tienen los distintos shocks que eventualmente puede enfrentar la economía; pienso más en escenarios que en pronósticos, porque cuando la varianza es tan grande, la media no sirve para nada.

Mis clientes son personas que toman decisiones y mi trabajo es armarlos hasta los dientes con la mejor información, pero también ayudarlos a que aprendan a mirar las variables que observo todos los días y a pensar en modelos que les sirvan para decidir.