Lo dijo el Vicepresidente, lo reafirmó Cristina: En Argentina no hay inflación, sino dispersión de precios

Desde el punto de vista de la economía neoclásica que supone que los consumidores son perfectamente racionales, el problema de la dispersión de precios solo se traduce en una cuestión de mayores costos de transacción puesto que para averiguar el precio de una cosa, alcanza con pedir un par de presupuestos en un contexto de baja dispersión, pero aumenta la cantidad de averiguaciones que hay que hacer cuando la dispersión sube, puesto que aunque, en promedio, los precios no estén más caros, no pueden conocerse (no puede estimarse su promedio) a menos que se visiten muchos mas comercios.

Obviamente, al ser el tiempo un recurso escaso que tiene un valor, la dispersión también termina erosionando la capacidad adquisitiva de los consumidores que pierden tiempo y dinero averiguando en distintos lugares a la hora de hacer una compra. Así la dispersión es equivalente a ponerle un impuesto al tiempo de la gente.

Salvo claro, que la gente no le haga caso a Lita de Lazzari y decida no caminar, después de todo, cuando se trata de compras repetitivas y no significativas presupuestariamente hablando, como por ejemplo una golosina, pues no tiene sentido recorrer muchos comercios para ahorrarse unos centavos, porque por lógica probabilística, alguna de las veces tendremos suerte y terminaremos comprando en los que tienen el alfajor más barato, y otras veces el azar nos jugará una mala pasada y acabaremos abonando algunos centavos más, de modo que a la larga se compensarán los resultados.

Esa es la lógica detrás de suponer que es una mejor noticia o deja mejor parado al gobierno, el sostener que no existe inflación, sino dispersión de precios.

El problema es cuando tenemos que hacer operaciones un poco más significativas en monto y por ende no tan repetitivas como para que podamos confiar en el equilibrio de la ley de los grandes números.

Así, cuando tengamos que comprar una prenda de vestir, una bicicleta, un mueble para la casa, una computadora o cualquier electrodoméstico, por poner algunos ejemplos, nos veremos obligados a hacer muchas averiguaciones antes de decidir.

Dos factores limitan sin embargo el tiempo que podemos dedicar a “buscar precio”; por un lado el tiempo de cada uno que en muchos casos vale más que el dinero que se puede ahorrar “pateando la calle por una mejor oferta”; por el otro lado el propio proceso inflacionario, puesto que las diferencias de precios entre un local y otro la mayoría de las veces obedecen a demoras del comerciante en remarcar los precios, de modo que si se pierde mucho tiempo buscando un precio mejor se corre el riesgo de que aquel precio bajo que vimos ayer en una vidriera, no esté más disponible cuando volvamos al negocio a efectuar la compra.

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Dada esta imposibilidad de buscar muchos precios, los consumidores no sabrán a ciencia cierta cual es el precio al que, en promedio, cotiza un bien, por lo que terminarán asignando sus presupuestos de gastos de una manera ineficiente; esto quiere decir: obteniendo una menor satisfacción de su dinero, o puesto en palabras de Doña Rosa, haciendo rendir menos su plata.

De este modo la dispersión de precios resulta tan contraproducente para el consumidor como la propia inflación.

Pero además, sabemos por los descubrimientos de Daniel Kahneman, padre de la Economía del Comportamiento, que las personas tenemos una tendencia exagerada a saltar a conclusiones prematuramente a partir de unos pocos datos de la realidad (link acá al paper de Kahneman), por lo que mirando un precio en unos pocos lugares, enseguida asumiremos que ese precio encontrado es el que tiene el producto, una tendencia reforzada por otrosesgo cognitivo que es el de representatividad, por el que no nos damos cuenta que el almacén del barrio es en realidad una isla, y por ende pensamos que los precios que allí se observan prevalecen en el resto de la economía.

Más aún, como demostró el Profesor Antonio Rangel del Instituto Tecnológico de California (CalTech) las personas muchas veces usan los precios como un indicativo de calidad del producto cuando no están muy familiarizados con el bien en cuestión y no saben cuanta utilidad derivarán de él (link acá a la investigación de Rangel).

Pero si los precios presentan una alta dispersión habrá muchos sorprendidos; aquellos que justo encontraron un precio bajo sin saber que ello de debe a una demora en remarcar por parte de quien vende, esperarán encontrarse con un bien de baja calidad y se sorprenderán gratamente, pero quienes hayan terminado pagando un precio alto y esperen por tanto una calidad de producto acorde, sin dudas se sentirán defraudados

Este es un fenómeno que se verá claramente este verano en la costa atlántica. Mucha gente acostumbra alquilar por Internet, a través de los clasificados del diario, o desde una inmobiliaria de su ciudad de residencia habitual. Normalmente sabe que la dispersión de precios de un dos ambientes a tres cuadras de la playa, por ejemplo, responde a diferentes niveles de calidad de los departamentos, pero en esta ocasión, al fluctuar tanto los precios realmente los dueños de las propiedades no saben cuanto pedir, máxime teniendo en cuenta la avalancha de turistas que se espera por el cepo cambiario que dificulta la salida al exterior, con lo que no existe ninguna garantía de que pagando un alquiler más alto realmente se termine accediendo a una propiedad con mas comodidades.

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Adicionalmente, la dispersión de precios aumenta las posibilidades de que un consumidor termine insatisfecho con su compra, al encontrar más tarde el mismo producto, más barato en otra vidriera.

Por supuesto puede darse el caso contrario, pero sabemos luego de la Teoría de los Prospectos de Kahneman (link acá al paper con la teoría) , que la gente sufre mucho más fuertemente una pérdida que lo que disfruta una ganancia.Así, quien descubre que pagó $10 pesos de más por una prenda de vestir, se amarga tanto (por la aversión a las pérdidas) que necesitaría descubrir que en otra operación se ahorró $25, para sentirse compensado.

Por último, la dispersión de precios debilita los lazos de confianza social en la comunidad, puesto que el consumidor que descubre que le han cobrado más caro en un comercio que en otro por el mismo producto, tiende a sentirse engañado por el comerciante, cuando en el fondo todo es una cuestión de timming (link a artículo sobre precio y confianza). (simplemente uno renueva stocks mas tarde que otro y por eso tarda más en incorporar los aumentos en sus precios)