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Andrea es una morocha escultural con forma de botella de Coca Cola, pero no con aspecto de damajuana plástica como las de ahora, sino de las que venían antes, las de 1 litro, botella de vidrio delgada, esbelta y con la forma suficiente para dejarse agarrar.

Con un título universitario y una maestría en Relaciones Internacionales a punto de terminar, esta oriunda del barrio de Caballito se queja sin embargo, porque dice que nadie la pretende, que “no hay hombres”.

Los datos del último censo (link acá) sin embargo la contradicen; es verdad que hay 1.069.564 más de mujeres, pero la gran diferencia se produce porque ellas viven vidas más largas que las nuestras, prueba de ello es que mientras en el segmento etario de mayores de 70 años, hay un 59% más de señoras que de señores, en el target de 30 a 40, que es al que apunta esta porteña, tan solo nos superan en un 3,7%.

No, el problema de Andrea y el de tantas otras mujeres de su misma condición socioeconómica, no es que no haya hombres, sino que no abundan del tipo de los que ella quiere.

El Psicólogo evolucionista David Buss tiene una explicación darwiniana para este problema (ver artículo acá).

Puesto que cada hombre puede embarazar potencialmente cientos de mujeres por año, pero que cada mujer solo puede quedar encinta de una sola persona y una única vez en ese lapso, la evolución habría favorecido en los hombres genes que aumentan nuestra tendencia a la promiscuidad y la prevalencia de aspectos físicos a la hora de elegir a las candidatas, al tiempo que aquellas mujeres que tuvieran predisposición genética a ser hiper selectivas (buscando machos proveedores), habrían pasado más de sus atributos a las generaciones siguientes.

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Christopher Ryan y Cacilda Jethá no están para nada de acuerdo con esa visión evolucionista. En Sex at Dawn; The Prehistoric Origins of Human Sexuality (link acá) basados en una enorme evidencia proveniente de la antropología, la arqueología e incluso la etología, sostienen que no existe tal cosa como una predisposición genética de las mujeres para priorizar la solvencia económica de su pareja por encima de todo, sino que se trata de una pauta social de comportamiento que nació con la revolución de la agricultura, hace unos diez mil años, y ha sido transmitida culturalmente desde entonces.

Al requerir el trabajo de la tierra fuerzas y capacidades para las que los hombres se hallaban mejor dotados que las mujeres, se inició un proceso de división social del trabajo, que además generó los primeros patrones históricos de desigualdad distributiva, puesto que hasta ese entonces el ser humano no tenía prácticamente capacidad de generación de excedentes y de acumulación de recursos.

Estos autores sostienen que las sociedades preagricultura eran altamente cooperativas y lo compartían todo; incluso las mujeres. La generación de excedentes y la posibilidad de acumularlos -punto de partida del capitalismo- generó fuertes incentivos a la búsqueda de la monogamia como mecanismo para garantizar la transmisión hereditaria de las riquezas producidas.

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Independientemente de cual explicación es la correcta, lo cierto es que la tendencia de la mujer a buscar atributos que indiquen capacidad de proveer y de los hombres a privilegiar aspectos estéticos es una realidad, que además corta transversalmente a las distintas culturas, tal y como lo demostrara el Psicólogo Social Daniel Kruger (con experimentos hechos en Argentina, entre otros países).

Más aún, este Catedrático de la Universidad de Michigan, ha descubierto (ver abstract acá) que aunque en el caso de los hombres, no existen cambios significativos de estrategia en las relaciones de largo plazo, respecto de las aventuras circunstanciales, las mujeres sistemáticamente buscan indicadores de capacidad proveedora solo cuando piensan en relaciones duraderas, pero actúan como hombres (apuntando a lo estético) a la hora de tener un simple affaire.

Es seguro que a Andrea no le faltan hombres para divertirse una noche. Lo que escasea son candidatos que tengan una mejor posición socioeconómica que ella (o al menos una similar) puesto que en los últimos años ha cambiado drásticamente la estructura educativa de la población y son cada vez más las mujeres que poseen hasta posgrados, accediendo incluso a mejores empleos que los hombres.

Para tener una idea de esos cambios, pensemos que en el año 1974, cuando el INDEC hizo por primera vez la Encuesta Permanente de Hogares, 7,3% de los hombres en el Gran Buenos Aires tenían estudios superiores, mientras que 4,9% de las mujeres contaban con ese privilegio. Veintiocho años más tarde, en nuestro país la cifra de hombres con educación terciaria o universitaria ascendió a 17,4%, pero el porcentaje de mujeres en la misma condición se elevó hasta el 22,7%.

En materia de ingresos, siempre mirando la última EPH, es cierto que las mujeres todavía ganan un 38% menos que los hombres, pero cuando se controla por nivel educativo y por horas trabajadas, esa brecha de género se reduce al 11%.

De todos modos ese no es el número que le importa a Andrea. El dato relevante es que las mujeres con universitario completo ganan hoy un 74% más que los hombres que no han pisado nunca una facultad.

Entonces, hay menos hombres con ingresos similares o superiores a los de una mujer con título, y la brecha de ingresos con el resto de los candidatos es tan alta que no amerita considerarlos como eventuales proveedores.

Por si los datos objetivos y duros no fueran suficientes, esta mayor preocupación de las mujeres por las cuestiones económicas coincide además con los resultados de las investigaciones en economía de la felicidad.

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En un paper recientemente publicado en el Palermo Business Review (link acá), ratificamos (usando datos de Argentina) el resultado que se da sistemáticamente en todo el mundo: las mujeres no son más felices que los hombres.

Exprimiendo más esa base de datos producida por Gallup encontramos además que aunque el nivel socioeconómico no influye en la satisfacción con la vida de los hombres, si lo hace el caso de las mujeres, que se consideran más felices si pertenecen al segmento ABC1 que si están en la clase media (C1C2).

Pero la investigación quizás más interesante en materia de felicidad y género es la que llevaron adelante Betsey Stevenson y Justin Wolfers, usando datos de los Estados Unidos (link acá).

Los autores sorpresivamente encuentran que aunque las mujeres han mejorado sustancialmente en los últimos 35 años tanto respecto a su acceso al mercado laboral como a sus ingresos (se ha reducido notablemente la brecha de género) ha caído sistemáticamente la felicidad subjetiva reportada por ellas en ese ínterin.

La aparente contradicción entre ambos resultados es algo que ya saldó hace más de 30 años Richard Easterlin, cuando en el que quizás sea el paper más famoso sobre economía de la felicidad (link acá al trabajo) descubrió quelas mejoras en el ingreso promedio de la población no influyen en la felicidad, porque lo que importa es el ingreso relativo, esto es; la comparación con las personas que integran nuestro grupo de referencia (amigos, familiares, compañeros de trabajo, vecinos).

Entonces como, siempre según el censo del 2010, solo 919.030 mujeres tienen estudios universitarios completos (link acá a ese resultado del censo), las otras 13.809.103 que no han alcanzado ese logro, están ahora peor en términos relativos cuando se comparan con sus pares del mismo sexo que han mejorado tanto en los últimos años, al tiempo que las que sí lograron alzarse con un diploma deben enfrentar un mundo con una mayor escases de parejas potenciales.

Si Christopher Ryan y Cacilda Jethá terminan teniendo razón, tarde o temprano se producirá un cambio cultural, las mujeres comenzarán a priorizar los atributos físicos de los hombres para las relaciones estables de largo plazo y los galanes dejarán de mirar colas para concentrarse en las carteras de las damas.

Pero si el que estaba en lo cierto era David Buss, el futuro se presenta mucho más sombrío para nuestra especie y habrá que acostumbrarse cada vez más a las mujeres exitosas que se quejan no ya de que ganan menos, sino de que no hay hombre que satisfagas sus deseos… y no precisamente los de tipo sexual.