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En el último congreso de la Asociación Argentina de Economía Política, Victoria Giarrizzo de CERX presentó un trabajo muy interesante con datos de Argentina, que mostraba la figura de lo que ella dio en llamar “moralistas evasores”.
En las encuestas que hizo la gente del CEREX las personas mostraron distinto grado de moralidad tributaria, medido según cuan correcto creían que era pagar todos los impuestos y cuan reprobable resultaba la actitud de evadir. Casi el 60% de los encuestados manifestó un alto compromiso con el pago de sus tributos. Sin embargo, cuando Victoria y su equipo de trabajo efectuaron distintos experimentos encontraron que un 42% de los que poseían una alta moral tributaria, aprovechaban la primera oportunidad que se les ofrecía de esquivar una factura en tanto y en cuanto podían obtener un descuento a cambio; los moralistas evasores.
El trabajo disparó un fuerte debate entre los economistas presentes. Algunos entendieron que los resultados de la investigación mostraban que no tenía sentido invertir, por ejemplo, en campañas publicitarias que resaltaran la importancia de estar al día con el fisco o el carácter delictivo de la evasión por cuanto estos evasores de hecho conocían perfectamente lo incorrecto de sus actos y aún así insistían en perpetrarlos. No obstante, el resultado es sumamente lógico si pensamos en el modo en que en verdad funciona el sistema de memoria de nuestra especie.
Giambattista Bodoni, el personaje principal de “La misteriosa llama de la Reina Loana” de Umberto Eco, tenía amnesia retrógrada o, en otras palabras, había perdido la llave de acceso al almacén de la memoria episódica. Puesto en castellano, sabemos desde los descubrimientos de Endel Tulving del año 1972 que el hombre no posee un solo almacén de memoria de largo plazo donde todo se amontona por orden de llegada, sino un sistema de memoria dividido en, al menos tres, subsistemas: la memoria procedural, la memoria episódica y la memoria semántica.
La memoria procedural es implícita, no declarativa y tiene que ver con las cosas que aprendemos a hacer automáticamente y que podemos repetir una y otra vez sin esfuerzo y sin pensarlo, como por ejemplo manejar, andar en bicicleta, escribir, hablar, etc.
La memoria episódica de la que Giambattista carecía es también denominada “memoria autobiográfica”, es declarativa y justamente tiene que ver con el recuerdo de experiencias vividas. Cada vez que nos acordamos de algo que hicimos o por lo que pasamos, la estamos evocando.
Finalmente la memoria semántica refiere a cosas que nos enseñan o aprendemos sin necesariamente haberlas vivido; hechos, conceptos, valores, ideas. La declaración de la independencia, los nombres de las personas y sus fechas de cumpleaños, el teorema de Pitágoras, los diez mandamientos, lo que está mal y lo que está bien, el significado de la palabra “evadir”, etc.
En la novela de Eco el personaje, que se dedicaba a la compra venta de libros antiguos, se muestra sorprendido cuando Sibilla, su empleada, le informa que acaba de cerrar una operación muy ventajosa y que le resultará sencillo engañar al fisco respecto del monto real de la misma y de los impuestos que a consecuencia debería pagar. Giambattista, atónito, dice “Hé leído en algún sitio que un ciudadano debe pagar los impuestos hasta el último céntimo”
La memoria semántica del personaje estaba obviamente intacta y con ella permanecía en pié su concepto de lo que estaba bien y estaba mal; su moral tributaria.
Pero la memoria episódica no, entonces la ventaja asociada al beneficio de evadir no podía ser representada mentalmente por cuanto Giambattista carecía del recuerdo de los beneficios que esa conducta le había proporcionado en otras ocasiones. Incluso tampoco podía traer a su mente la historia de alguien a quien él hubiera visto beneficiarse de la evasión.
La mayoría de las campañas publicitarias de las agencias fiscales provinciales y nacionales están apuntadas a construir y apuntalar el concepto moral de que corresponde pagar y está mal evadir. Son altamente exitosas en cuanto a la construcción de la moral tributaria de los ciudadanos, pero como todo lo que dicen va a parar a la memoria semántica, pocas veces tienen éxito en disminuir la evasión. A menos que la gente sufra masivamente amnesia retrógrada, el resultado más probable es que en todo caso aumente la cantidad de “moralistas evasores”.
No es un tema menor. En el libro de FIEL “La economía oculta en la Argentina” los autores estiman que nuestra economía en negro representa el 24% del PBI. La evasión del IVA, uno de nuestros principales impuestos, se ubicaría entre el 26 y el 30%, mientras que el no pago del impuesto a las ganancias de las personas físicas oscilaría entre el 45 y el 49%. En impuestos internos, como los de combustibles y cigarrillos, la evasión alcanzaría el 7,5%.
Incluso más; uno de los principales focos de evasión, que más directamente castiga a los sectores de menores ingresos es la informalidad laboral. De acuerdo a los propios datos del INDEC, 36% de los trabajadores están en negro.
Puesto en plata, la evasión tributaria en Argentina ronda los 70.000 millones de pesos. Para pensarlo en perspectiva, de acuerdo al presupuesto 2010, el gasto público nacional en educación y cultura, salud, ciencia y técnica, vivienda y urbanismo, defensa y seguridad interior, todo sumado asciende a 55.000 millones.
La buena noticia es que la economía puede aprender de la psicología cognitiva. No alcanza con que los contribuyentes sepan ni se convenzan de que está mal no pagar los impuestos, necesitamos que puedan representarse mentalmente las consecuencias de no hacerlo y que ésa sea una película que no les guste demasiado.
Steven Pinker, en “Cómo funciona la mente” nos enseña que para representarse mentalmente los distintos escenarios a los que sus decisiones pueden conducir, las personas buscan escenarios parecidos en su memoria episódica, en su historia de vida, y los proyectan hacia delante.
Si las publicidades fueran en formato de historias, con personajes en los cuales la gente se viera reflejada, y si las campañas de control en locales y puntos fijos fueran lo suficientemente mediáticas y notorias como para causar una impresión que se grabe a fuego en la memoria episódica de quienes las sufren o presencian, pues es probable que los moralistas aprendan poco a poco que deben comenzar a pagar.