Seleccionar página

En argentina, de acuerdo a estimaciones de organismos provinciales de estadística y consultoras privadas, la inflación del último año rondó el 25%.
En ese contexto la capacidad adquisitiva de los ingresos familiares se deteriora y con ello se ven modificadas pautas de consumo y ahorro, pero también estrategias de participación en el mercado laboral, e incluso la propia dinámica familiar.
Obviamente que la inflación no le pega parejo a todos los hogares, sino que discrimina según la naturaleza de los ingresos de los mismos, su cultura como consumidores, y el margen de ahorro que tengan.
Para tener una idea, de acuerdo a los últimos datos oficiales de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), en el tercer trimestre del 2010, la distribución del ingreso total familiar presentaba los siguientes deciles;

Decil Media de ingresos
1 764
2 1.379
3 1.901
4 2.446
5 3.036
6 3.743
7 4.559
8 5.678
9 7.455
10 12.988

Puesto en castellano, esto quiere decir que las familias del 10% más pobre disponían de un ingreso de 764 pesos por mes, mientras que las del 10% mas acomodado disfrutaban de prácticamente 13.000 pesos por mes.
Ahora bien; de acuerdo a la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL) una familia tipo necesita 2118 pesos para poder comprar la canasta básica de alimentos y servicios que le permite salir técnicamente de la pobreza de modo que, aunque todos los hogares no son familias tipo, cerca de un 30% de los hogares en nuestro país son pobres.
La importancia de distinguir entre los distintos deciles de la distribución del ingreso tiene que ver con que en los hogares más pobres, la mayor parte del ingreso se destina a alimentos.
En el último año la canasta básica de alimentos (la que no incluye servicios) aumentó un 33%, siempre según datos de FIEL, mientras que la canasta básica total (que incluye además servicios ) se incrementó solo un 23%; esto quiere decir que aquellas familias pobres, de los primeros deciles de la distribución del ingreso que gastan la mayor parte de su dinero en alimentos, vieron caer su capacidad adquisitiva en mayor medida que aquellos que gastan una porción menor de sus ingresos en llenar el changuito.
Es importante mencionar que aunque el INDEC sostiene que la inflación total del 2010 fue de tan solo el 10,5% también reconoce que el aumento de la canasta básica de alimentos fue del 20% en los últimos 12 meses, de modo que tanto mirando datos oficiales como privados, el aumento de precios del 2010 implicó una caída mayor en la capacidad adquisitiva de los hogares en los que los alimentos representan una porción mayor de su presupuesto; esto es: los hogares más pobres.
Pare tener una idea de la importancia de esto y aunque los últimos datos oficiales disponibles a nivel país son de la encuesta nacional del gasto de los hogares de los años 1996 y 1997, el gasto en alimentos del decil más pobre de los ingresos representaba un 54% de sus ingresos, mientras que en el más rico representaba tan solo un 23%
Además, resulta importante distinguir entre la inflación real, la captada por organismos y consultoras y la percibida por la gente.
Esto resulta particularmente relevante por cuanto para una familia de ingresos bajos no interesa si el INDEC o una consultora dicen que es o no es pobre. Cada familia tiene una percepción subjetiva de pobreza, y si los precios de los alimentos aumentan sostenidamente, entonces en los hogares de bajos ingresos la percepción subejtiva de incremento de los precios, la sensación de inflación, será mayor y con ello se incrementará la sensación subjetiva de pobreza, tal y como ya se demostró en una investigación del CEDLAS del 2008 donde la percepción de pobreza (36% ) casi duplicaba los índices de pobreza efectiva del INDEC (20%).

Estrategias de defensa frente a la inflación

Planteado el problema, lo que puede hacerse para tratar de sufrir lo menos posible las consecuencias depende del nivel de ingresos de las personas, puesto que es sustancialmente distinta la situación de una familia de bajos ingresos que lo único que puede hacer es intentar “estirar” el sueldo, que la de una familia acomodada, con alta capacidad de ahorro, cuya preocupación pasa por encontrar inversiones que le permitan que sus excedentes no se desvaloricen.
Para que no duela tanto llenar el changuito, hay algunas recomendaciones a tener en cuenta.
La primera de ellas tiene que ver con el funcionamiento de nuestro sistema de memoria, la segunda con nuestra falla para pronosticar sobre lo nuevo y la tercera con el funcionamiento del sistema perceptivo y nuestra capacidad para detectar diferencias.
Como bien saben los encargados de diseñar la organización de las góndolas de los supermercados, las personas tienen mucha mejor memoria de reconocimiento que de recuerdo. Puesto en castellano; piense en lo que le hace falta antes de salir de su casa, haga la lista y vaya al almacén. Acabará gastando mucho menos dinero que si va de compras sin haber decidido antes qué adquirir, porque si no lleva la lista, una vez en el super reconocerá muchos más productos como “necesarios” que lo que recordaba en su casa antes de salir y acabará gastando mucho más.
Compre solo cosas que ya haya comprado antes y sobre las cuales tenga suficiente experiencia como para estar seguro del nivel de satisfacción que le darán. Las investigaciones en economía del comportamiento han mostrado que somos muy malos para pronosticar la satisfacción que vamos a derivar del consumo de nuevos productos. Siempre tendemos a idealizar el placer que presuntamente sentiremos si nos compramos un nuevo chiche electrónico, una nueva prenda de vestir, o visitamos un restaurante nuevo. Si vamos a lo seguro y solo repetimos nuestras compras habituales no gastaremos tanto dinero y el placard dejará de poblarse de caprichos que solo nos ponemos una vez
Achique moderadamente las cantidades consumidas de bienes y servicios. Los psicólogos han demostrado que nuestra percepción solo es capaz de notar diferencias grandes y por ende hay margen para efectuar cambios pequeños que generan una diferencia apenas perceptible. El pastel de papas queda igual con 1kg de papas y 1kg de picada especial, que con 1.100 de papas y 900 gramos de picada común. Los chicos se divierten lo mismo con 20 fichas para los jueguitos que con 18 y las vacaciones se disfrutan tanto con 7 días en la costa como con 6, o alquilando a 5 cuadras de la playa en vez de a 4.
Anímese a las segundas marcas. Las marcas en productos homogéneos como los jabones en polvo, los desodorantes, el papel higiénico, el shampoo, los enlatados, las frutas y verduras envasadas, los fideos, los helados, muchos textiles como los jeans, las camisas, los calzoncillos, los productos para el colegio como lápices, gomas, lapiceras, cuadernos, la nafta del auto e incluso los cigarrillos y muchas bebidas gaseosas, son un invento de las empresas para diferenciar el producto y cobrarle un precio más alto a los consumidores de mejor poder adquisitivo, pero prácticamente nadie puede notar la diferencia real de calidad cuando se les saca la etiqueta o el envase. El único capaz de notar sistemáticamente la diferencia es el bolsillo.
Quienes además de comprar lo básico tienen alguna capacidad financiera extra que les permite una tarjeta de crédito o un plan de un electrodoméstico en cuotas, deben tener en cuenta que todos los productos financieros que separan en el tiempo el momento de la compra de un bien, de la fecha de su pago terminan inflando la cantidad de dinero que gastamos, porque uno de los principales frenos del gasto excesivo es el displacer que ocasiona tener que desprenderse del dinero para pagar. Como los seres humanos somos pésimos pronosticadores, tendemos a subestimar el dolor que nos causará tener que pagar la cuota.
Es verdad que existen promociones que ofrecen cuotas sin interés que obviamente son una tentación en momentos de inflación porque pensamos que podemos terminar comprando un plasma o una motito mucho más barata, pero los bancos los ofrecen porque saben positivamente que la gente después termina pagando solo el mínimo que les exige la tarjeta de crédito y por ende cobran intereses prohibitivos por el financiamiento del saldo.
Otra conducta habitual que genera perjuicios financieros es la de meterse en un plan de cuotas cuando al mismo tiempo tenemos saldo acreedor en nuestra caja de ahorros o un plazo fijo a 30 dias. Realmente no tiene sentido estar pagando un interés por un saldo de una tarjeta o un plan de cuotas mientras se nos desvaloriza un ahorro en pesos, aunque muchísima gente lo hace.
Por último; si sobra dinero, como la inflación es un pacman que se alimenta de él, lo mejor que se puede hacer es ponerlo a resguardo.
Por la experiencia histórica de nuestro país donde el dólar siempre subía más que el resto de los bienes, muchos se inclinan por el mantenimiento de sus ahorros en divisas extranjeras, pero debido a la extraordinaria posición superavitaria de nuestro comercio exterior es muy poco probable imaginarse un dólar que se valorice tanto como la inflación y termine el año en torno a los 5 pesos.
Los plazos fijos cubren una parte del deterioro de la moneda, pero en términos reales son un mal negocio puesto que aunque prometen un interés del orden del 12/15%, no cubren el 25 o 30% de inflación esperada.
En general, si los precios de los bienes están aumentando, la mejor protección del dinero es justamente convertirlo en bienes, que aumenten de valor por el proceso inflacionario global, pero que además se beneficien de un crecimiento de la demanda o una contracción de la oferta que aumente su escases y termine valorizándolos.
El metro cuadrado de terrenos en la Ciudad de Buenos Aires aumento un 25% en dólares en el último año, mostrando que las propiedades siguen siendo un buen negocio. Es verdad que se requieren montos importantes de dinero para hacer esas inversiones, pero también hay modos de acceder a propiedades por menor valor, comprando semanas de tiempos compartidos o parcelas en cementerios, que pueden ser luego transferidas con relativa facilidad.
La bolsa también es una opción interesante, aunque requiere conocimientos específicos del negocio, más grandes que los que la mayoría de los ahorristas poseen y tolerancia para los riesgos. Mi recomendación es comprar acciones dentro de un fondo común gestionado por profesionales de su banco de confianza.
Dicho esto, resulta cuanto menos curioso preguntarse por qué razón tanta gente mantiene sus ahorros en dólares, los deposita en un plazo fijo que solo les paga la mitad de la inflación o, lo que es peor, los deja en pesos en una cuenta de ahorro o simplemente en el colchón.
Creo que en buena medida esto se debe a dos efectos; el primero de ellos tiene que ver con la experiencia histórica en la que siempre el dólar ha garantizado cobertura y estabilidad, el segundo está vinculado a la falta de alternativas que presenta un sistema financiero subdesarrollado como el nuestro.
Quizás lo más importante es que la gente sepa que puede proteger sus ahorros de la inflación con múltiples alternativas que no necesariamente están vinculadas al sistema financiero y que quedan al alcance de cualquier bolsillo. Es preferible acumular latas de atún, tomates y arvejas, que ciertamente más tarde o más temprano se pueden consumir; botellas de vino que además se pueden valorizar; efectuar reformas que valoricen una propiedad o incluso invertirla en cursos de formación que mejoren la productividad.
En última instancia, incluso es preferible apurarse a gastarla, y darse ese gusto que siempre postergaste…antes de que sea tarde y te alcance solo para la mitad.