Son pocos los lugares del mundo donde la gente sabe cuanto cuesta un dólar. No es que los argentinos estemos hechos de alguna otra cosa, que tengamos un chip distinto, simplemente no tenemos moneda y por lo tanto estamos pendientes de la referencia más cercana. Conocer el precio del dólar es parte del kit de supervivencia. Además, para un país que ha tenido 15 mega devaluaciones en los últimos 70 años, oler cuando el billete está atrasado puede ser la diferencia entre mantener los ahorros o perderlos.

Nótese que una cosa es dólar barato y otra cosa muy distinta es dólar atrasado. Lo primero puede producirse por una revolución tecnológica en el campo, el desarrollo de vaca muerta, o el salto de los precios internacionales de los productos que exportamos. En esos tres casos habrá más dólares disponibles de manera permanente y como sucede con cualquier cosa que abunda, bajará su precio.

Otra cosa muy distinta es cuando no existe abundancia de divisas, pero por alguna razón (cepo, intervención del banco central, ingreso de capitales especulativos, o un proceso de endeudamiento), el país cuenta transitoriamente con cierta holgura de divisas, que no podrá sostener en el tiempo y entonces el mercado empieza a apostar por el momento en el que esa transitoriedad se corte. El problema es que no hay modo de saberlo de antemano y entonces un país puede sufrir ataques especulativos de fondos o grandes inversores que piensan que ese momento ha llegado, aunque a veces el dólar pueda permanecer atrasado por mucho tiempo y hacer que los que arriesgan la caída de la moneda local, pierdan su apuesta.

Me gusta ilustrar el punto con uno de los casos mas resonantes del mundo; la caída de la Libra inglesa, a manos de George Soros. El magnate coordinó apuestas por 35.000 millones de dólares de los fondos que manejaba y otros que lo seguían, jugando todo el dinero a que caería la moneda del Reino Unido. ¿Cómo lo hizo? Vendiendo Libras que no tenía, en los mercados de futuros, endeudándose en libras y luego comprando marcos alemanes de manera masiva con todo ese dinero, de suerte tal que una vez que la libra se había devaluado podía volver a comprar las libras más baratas para cumplir con sus compromisos.

Pero Soros no jugaba a la ruleta; su apuesta era una movida informada, estudiada meticulosamente, que partía de la base de que el Reino Unido estaba en medio de una recesión y que su moneda había quedado sobrevaluada, por haberla atado al Marco Alemán, con una paridad que no podían sostener. El magnate húngaro pensó que el Banco de Inglaterra no podía subir la tasa de interés indefinidamente para defender su moneda, porque en medio de una recesión el costo político era prohibitivo. Años después Soros se sinceró “mi trabajo es buscar una tendencia basada en premisas incorrectas y apostar dinero contra ella”.

EL PRECIO JUSTO

Algunos analistas piensan que en Argentina ocurre algo parecido, que el dólar estaría mucho más caro si no fuera porque el Banco Central defiende el peso con tasas de interés muy altas.

Una cosa está clara; si la autoridad monetaria dejara de absorber liquidez con las leliqs, habría muchos más pesos circulando en la economía y como algunos de ellos irían al dólar, ineluctablemente subiría el billete verde. ¿Pero por qué haría el Banco Central semejante estupidez? No hay dudas que con más dinero en la calle bajarían las tasas, pero también subiría la inflación y habría una corrida de depósitos de los cuatro millones de argentinos que tienen algún plazo fijo y que verían que las tasas más bajas no les cubre una inflación más alta.

La confusión de muchos tiene que ver con que desde el primero de octubre del año pasado el dólar solo aumentó un 12 % mientras que la inflación acumulada fue del 35 %, pero nada indica que el precio de aquel entonces fuera el que correspondía al equilibrio del sector externo argentino. Más bien, todo parece señalar que ese era un precio de pánico, en medio de una corrida, puesto que hoy, descontando la inflación, el dólar está 46 % más caro que antes de salir del cepo en diciembre del 2015 y 10 % más alto que luego de que se liberara el mercado de cambios. De hecho, la economía lleva 10 meses consecutivos de superávit comercial y las cantidades exportadas fueron 15 % superiores en este primer semestre, en comparación con el mismo periodo del 2015. Lo mismo ocurre con la cuenta de turismo, donde las llegadas de visitantes están creciendo al 19,6 % interanual, mientras que las salidas de argentinos menguan un 16,3.

Es cierto que cuando se termine de reactivar la economía y se recuperen los salarios habrá mayor demanda para importaciones, pero también es verdad que vamos camino al autoabastecimiento energético, lo que reduce sustancialmente nuestra demanda de divisas y que la medida que se disipe el riesgo electoral, habrá menos demanda de dólares especulativos y mas inversiones, sobre todo en el sector energético.

A juzgar por el balance de las cuenta externas, este precio del dólar es competitivo y si se busca subirlo por la vía de la emisión (baja de tasas), o agitando una corrida con fines electorales, el resultado será una mayor inflación que se comerá cualquier ventaja cambiaria circunstancial.