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El miércoles pasado, en medio del festejo por el Día de la Industria, la Presidenta dedicó 41 filminas de power point para ilustrar a la audiencia sobre las “bondades del modelo”. Ninguna novedad hasta ahí.

Sin embargo, mientras los empresarios degustaban el cordero patagónico por el que habían pagado 1.500 pesos, Cristina Fernández refundó los libros de economía y dijo que había que “sustituir exportaciones”.

Como es sabido, el comercio internacional es una forma indirecta de producir bienes. Sembramos soja, por ejemplo, porque somos altamente productivos en ese cultivo. Luego, con los dólares que conseguimos por la oleaginosa compramos otros bienes que nos cuesta más producir, como celulares o computadoras.

El campo produce de ese modo computadoras.

La demanda mundial de productos agropecuarios suele ser sin embargo bastante volátil, como lo refleja la enorme variación de los precios de los productos que exportamos. La soja por caso se vendía a fines de los 90 a 150 dólares por tonelada, a principios del año pasado estaba a 550 billetes norteamericanos y ahora cotiza a 320. Por esa razón Raúl Prebisch, uno de los padres del estructuralismo latinoamericano, insistía tanto en la diversificación de las exportaciones como una estrategia para sortear las fluctuaciones de los precios internacionales y blindar a la región de los efectos de la pérdida de valor de las materias primas.

Si un país concentra sus ventas al exterior en dos países (Brasil y China) y dos productos (soja y autos), pues su suerte será muy dependiente de lo que ocurra en esas dos regiones y con esos dos bienes. Una devaluación en Brasil y China, como la que se está produciendo, o una caída en el precio de la soja, hunde las exportaciones, afectando nuestra capacidad de producir indirectamente los bienes que importamos.

Por esa razón en un contexto en el que el comercio mundial crece al 0,4% nuestras exportaciones cayeron un 17% en los primeros siete meses del año, básicamente por culpa de las caídas del precio de la soja y de la demanda de autos de Brasil. Entonces cuando la Presidenta dice, como volvió a manifestar en la cena con los industriales, que “se nos cayó el mundo”, se refiere en realidad a que se cayó Brasil y que la soja ya no vale tanto.

Sin dólares para comprar bienes afuera y con la economía doméstica estancada, las importaciones también se desplomaron un 12% en el mismo lapso, pero como cayeron más las exportaciones que las importaciones, el saldo comercial que hasta julio del 2014 había acumulado un superávit de 4.141 millones se redujo a insignificantes 1.437 millones.

DEL ABSURDO A LA LOGICA DE SOSTENER LA DEMANDA

En el largo plazo, sustituir exportaciones es un sin sentido, un absurdo. Si las exportaciones son un mecanismo para producir bienes indirectamente (las importaciones), menos exportaciones implican que podremos comprar menos computadoras y celulares, menos autopartes y bienes de capital.

Lo que se sustituye entonces son las importaciones, que es lo que ya no podremos comprar afuera y tendremos que producir, de manera más ineficiente, fronteras adentro.

Con menos comercio el país será entonces más pobre, como ya ocurrió luego de que la crisis del 30 nos obligara a sustituir las importaciones de bienes que ya no podíamos comprar, porque se había cerrado la demanda de nuestros productos en el mundo.

Por otro lado está la cuestión de la demanda agregada, que es lo que sostiene a la actividad económica en el corto plazo. La misma se compone del consumo, la inversión, el gasto público y las exportaciones (netas de importaciones). Si se caen las ventas al exterior, y nuestras compras afuera no ajustan en la misma medida, entonces se cae la demanda agregada, salvo que esto se compense con una suba del consumo, la inversión o el gasto público.

Seguramente es en esto en lo que estaba pensando Cristina cuando habló de sustituir exportaciones, pero el problema es que el consumo crece muy poco (2%), las inversiones se derrumban por la combinación de la incertidumbre política, el cepo, la presión fiscal y las intervenciones a la economía, al tiempo que el gasto público ya no puede inflarse más, porque no hay manera de financiarlo.

El modelo cayó en la trampa del subdesarrollo, de la falta de diversificación de la matriz productiva, de la imprevisión y el agotamiento de la capacidad de maniobra del estado.

No se puede hacer magia. Si pones todas las fichas en el colorado podes pagarte las vacaciones mientras la bolilla caiga en números de ese color. Pero cuando empiezan a salir los negros, no te queda otra que asumir la perdida. El país es más pobre.

La lección para el futuro es que necesitamos diversificar nuestra producción y nuestras exportaciones, del mismo modo que es preciso conquistar nuevos mercados y defender los que ya tenemos. La enseñanza que nos deja esta década es que crecimiento no es igual a desarrollo y que no resulta sustentable si está basado en una estrategia de integración al mundo concentrada en pocos productos y escasos destinos.

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