Entre 1945 y 1951 la Argentina tuvo los mejores términos de intercambio del siglo XX; los precios internacionales soplaban 30% más a favor que en los 45 años anteriores y 38% mas fuerte que en las cinco décadas que siguieron. Con divisas entrando a granel, sea en efectivo o en la forma de crédito, el tipo de cambio real cayó un 53% entre 1944 y 1952, lo que permitió que los salarios reales crecieran un 24% en el primer gobierno de Perón. Cuando el viento se dio vuelta, sobrevino el ajuste del 52, pero el peronismo ya se había constituido en la hermenéutica de esa abundancia y la devaluación necesaria para reflejar que las divisas ya no sobraban no era una posibilidad, porque hubiera dejado al desnudo la causa real de las mejoras salariales. El interés del movimiento por la justicia social era legítimo, pero sin el boom de commodities de la posguerra no se hubiera materializado. En los tres años que siguieron, cuando la bonanza externa se terminó, el gobierno buscó sostener la ilusión congelando el dólar y las tarifas

La historia volvió a repetirse a principios de los 70, pero el viento de cola duró poco y cuando llegó el shock petrolero fue imposible sostener el dólar barato que había permitido una suba del 15% en los salarios reales. El tipo de cambio real, que se había derrumbado un 60% en los primeros cuatro años de esa década, se disparó con el Rodrigazo y Argentina entró en un régimen de alta inflación. Treinta años después llegó el super ciclo de commodities más fuerte y sostenido de nuestra historia. El dólar se abarató en términos reales 53% entre 2008 y 2015. Otra vez el peronismo edificó una interpretación de la abundancia y tuvo que atrasar el dólar y las tarifas para sostener el relato de las mejoras sociales, cuando la soja entró en el tobogán después del récord del 2012, cuando la soja cotizaba a 640 dólares por tonelada

Déficit, inflación y default

En la posguerra hubo un avance de los Estados de bienestar en el mundo y la Argentina no fue la excepción, pero la particularidad es que la clase política desconectó el gasto de los impuestos, financiando la expansión con emisión y generando “ilusión fiscal” en la población. Así, entre 1960 y 2020, nuestro país solo tuvo superávit durante 17 años y pasó 43 con déficit financiado a fuerza de fabricación de billetes, cuando no había acceso a los mercados y con deuda, cuando abundaba el crédito. Como el déficit no era transitorio, sino permanente, la cantidad de dinero siempre se expandía causando la depreciación sistemática de la moneda y siete defaults.

La obsesión con el dólar

El economista Martín Montane dijo hace poco en Twitter que “no hay ninguna obsesión con el Dólar; también nos gusta el Euro, la Libra, el Peso uruguayo o el chileno. Solamente no queremos los pesos”. Es lógico entenderlo porque además de la inflación galopante, en los últimos 50 años la Argentina tuvo 7 mega devaluaciones y todas vinieron después de un déficit externo de mas de 4% del PBI, en contextos de fuerte apreciación cambiaria.

Ya vimos que dólar barato, implica salarios reales altos y no es difícil entender por que los gobiernos de distinto signo político, sistemáticamente buscan sostenerlo, puesto que además es una de las anclas más utilizadas por los programas de estabilización para contener la inflación. Pero cada período de tipo de cambio artificialmente bajo es un atentando a la producción de bienes transables, porque las exportaciones se pagan muy poco en pesos y porque los bienes importados son tan baratos que no hay incentivos para producirlos en casa. Las inversiones entonces se vuelcan a los servicios, escasean las exportaciones y abundan los bienes importados, porque la capacidad de compra de los salarios crece por encima de la producción.

Por si esto fuera poco, los modelos de industrialización por sustitución de importaciones (ISI) que reinaron en buena parte de los últimos 90 años y que hoy vuelven a guiar la política económica, tienen sesgo antiexportador, puesto que, aunque parezca increíble le cobran impuestos a las ventas externas al tiempo que subsidian con distintos mecanismos, desde aranceles, hasta regímenes especiales, a los productores locales de bienes que compiten contra las importaciones. En un país donde los exportadores reciben 53 pesos por cada dólar que venden al exterior, pero para conseguir un billete verde hay que pagarlo $150, es lógico que los recursos se vuelquen a los sectores donde encuentran precios mas favorables y el país genere cada vez menos dólares.

Es la combinación de déficits fiscales crónicos financiados con inflación, atraso cambiario para frenarla y sesgo antiexportador el que produce las crisis de balanza de pagos que desembocan en las mega devaluaciones, volviendo a erosionar la moneda. Además, como la economía necesita un tipo de cambio real mas alto para equilibrar el sector externo cuando no genera suficientes divisas, la consecuencia del modelo ISI son salarios reales más bajos.

¿Cómo salimos de la decadencia?

Con un Estado ineficiente, sino corrupto, cada peso de impuestos asociados a la producción hace que para agregar valor ineluctablemente agreguemos Estado y el mundo no va a financiar nuestro gasto. Por lo tanto, cuando las exportaciones tienen Estado Agregado, necesitamos un dólar todavía más alto y los salarios reales se deprimen aún más.

Por lo tanto, si eliminamos todos los impuestos a las exportaciones, pero también aquellos tributos que se cuelan durante el proceso productivo y que no es posible identificar en el precio del bien, como por ejemplo los ingresos brutos provinciales, (reemplazándolos por impuestos a las ventas), crecerán nuestras ventas externas y necesitaremos un dólar más bajo para equilibrar el balance de pagos, lo que equivale a mejore salarios reales para los trabajadores.

En segundo lugar, si el Banco Central recupera su independencia del ejecutivo y se le prohíbe que financie al tesoro y atrase el tipo de cambio con fines electorales, o que discrimine a los sectores productivos pagándoles un dólar más barato que el del mercado libre, tendremos una moneda mas fuerte.

Todo impuesto tiene que ser legislado y ni la emisión del BCRA ni la utilización de sus reservas puede depender del poder político de turno. Hay varios modelos posibles para lograrlo; puede apelarse al control de una autoridad supranacional, en el seno del MERCOSUR, por ejemplo, o pedirle al Congreso que con acuerdo de 2/3 partes forme un comité de política monetaria con miembros de la academia y el mundo de las finanzas, que solo pueda ser reemplazado con esa misma mayoría.

En tercer lugar, para movilizar todos los recursos de las pequeñas y medianas empresas, necesitamos crear un mínimo no imponible en el impuesto a las ganancias de las sociedades. Ninguna empresa puede sufrir la carga del Estado hasta que haya logrado un nivel de facturación de 10 millones de dólares anuales y la tributación tiene que caer sobre la distribución de dividendos de esas firmas, incentivando la reinversión de utilidades. Pasado ese mínimo no imponible puede haber una alícuota marginal incluso más alta que la actual.

Por último, hay que modernizar las relaciones laborales yendo a un modelo de flexiseguridad como el de los países nórdicos, donde las pequeñas y medianas empresas no tengan costos ni para incorporar ni para despedir trabajadores, reemplazando el incierto mecanismo de las indemnizaciones por un seguro de desempleo digno, con el Estado acompañando a los trabajadores en su formación y reinserción laboral.

Con más exportaciones, estabilidad monetaria y más dinámica en la creación de pymes, habrá mas empleo, con salarios reales más altos y crisis macroeconómicas menos frecuentes.

Artículo publicado en LA NACIÓN