Introducción

 

La noticia cayó como una bomba en el grupo de WhatsApp de los papás de la escuela de Agustín, mi hijo más grande que, resolución administrativa mediante, pasará a segundo grado. Marcos, papá de Theo, alma del grupo y encargado de los asados, nos comunicó que se mudaban definitivamente a la casa de fin de semana, en las afueras de Buenos Aires. La decisión venía siendo cocinada a fuego lento, pero la pandemia aceleró la cocción; la familia se dio cuenta de que podía funcionar perfectamente un poco más lejos del centro urbano, donde la calidad de vida es mejor y más barata.

El Covid es la peor tragedia colectiva de la humanidad en mucho tiempo, pero en la práctica operó como un experimento natural que le permitió a las familias, y sobre todo a las empresas, evaluar los pros y contras de la aglomeración; las ventajas y desventajas de trabajar, comprar y estudiar a distancia.

Marcos Galperín, el CEO de la empresa más importante de Sudamérica, dijo en una entrevista que en 2020 se habían acelerado de manera dramática las tendencias en el mundo digital y que estaba ocurriendo en pocos meses lo que tenían planificado para los próximos cinco años. El creador de Mercado Libre tiene claro que no habrá un retorno al mismo punto en el que estaban previo a la enfermedad, en primer lugar porque se trata de uno de los sectores que crecieron de manera espectacular: para el tercer trimestre de 2020 habían duplicado la cantidad de clientes y la facturación en dólares crecía 85 %. Pero en segundo lugar porque en una primera etapa mandaron 10.000 empleados a hacer home office, pero ahora piensan que el retorno a la oficina será con más flexibilidad, permitiendo que mucha gente alterne entre la presencialidad y el teletrabajo.

La gente de Salesforce, la multinacional más importante del mundo en CRM (Customer Relationship Management), con 130 oficinas en 28 países, dobló la apuesta y aprovechó la crisis para evolucionar no solo en la modalidad de trabajo, sino también en toda su cultura organizacional. La empresa con sede en San Francisco declaró la muerte de la jornada tradicional de 9:00 a 17:00 y trabaja ahora en el concepto “flex” para después de la pandemia, con la mayoría de sus 49.000 empleados yendo a la oficina entre uno y tres días por semana y solo para las tareas menos productivas en modalidad remota, como las reuniones entre equipos, las presentaciones o las conversaciones con las empresas para discutir las oportunidades que la plataforma de gestión de datos de clientes puede ofrecer en sus negocios. La reforma cambia también de manera física el concepto de la oficina, porque los escritorios se desplazan a los hogares y se priorizan livings para reuniones y espacios para presentaciones.

Si cambia el mundo del trabajo y se flexibiliza la educación, sobre todo en los niveles superiores, impactará no solo en el mercado inmobiliario, sino también en la gestión de las ciudades, empezando por el transporte, el manejo de los residuos y la conectividad digital, pero llegando también a los impuestos, donde habrá que decidir si el criterio es la residencia fiscal o la física, que es la que obliga a proveer los bienes públicos.

El experimento también nos ayudará a calibrar el impacto que la actividad económica tiene en el medio ambiente. De acuerdo con una investigación de Corinne Le Quéré y colegas, publicada en la prestigiosa revista Nature, las emisiones globales de CO2 cayeron un 17% en el pico de la pandemia e incluso en algunos países la reducción en la contaminación llegó al 26% y a pesar de que esa contracción de la actividad no se sostuvo todo el año, se estima que en promedio se emitirá un 7% menos de gases de efecto invernadero. Así y todo, para la Organización Meteorológica Mundial (WMO) el frenazo no alcanzó para reducir la concentración de esos gases en la atmósfera. En las mediciones que los científicos realizaron en Mauna Loa, Hawái, en septiembre de 2020, se detectaron 411,29 partes por millón de CO2, ligeramente por encima de los 408,54 que se habían medido doce meses antes.

El coronavirus hundió a la economía mundial en la peor recesión desde la década del treinta del siglo pasado, pero además de arrasar con negocios, empleos y fortunas, también cambió de manera radical las expectativas sobre la transformación de la economía. la mejor manera de verlo es notando que mientras que las acciones de las empresas tradicionales que se reúnen en el famoso índice Dow Jones tardaron nueve meses en parir una recuperación que las devolviera al mismo nivel que tenían en febrero, el Nasdaq, que agrupa a las principales tecnológicas, ganó 30% en el ínterin, con acciones como Tesla que llegaron a subir 600% en el año, haciendo que el espectacular 80% de aumento que mostró Amazon, o el 62% de Netflix, luzcan mediocres.

La propia respuesta de los gobiernos en la pandemia también es indicativa de lo que puede ocurrir cuando la inteligencia artificial domine los procesos de creación de valor reemplazando tareas y arrasando con empleos rutinarios y repetitivos. En la Argentina se llegó a prohibir los despidos, pero el decreto presidencial no pudo evitar que se perdieran el 40% de los empleos en el sector informal de la economía, o que el ajuste en la porción registrada se materializara en una caída del 5% en los salarios reales. Los gobiernos controla cada vez una porción más chica de la economía y en la medida que la tecnología avance más rápido que las leyes, el poder de los estados será cada vez menor. El dólar, la principal moneda del mundo, perdió un 11% de su valor entre mayo y diciembre de 2020, mientras que el bitcoin, ajeno a las regulaciones de los bancos centrales, pasó de valer 5.350 dólares a mediados de marzo a 61.500 doce meses después.

Siempre, salvo en creaciones jurídicas de visionarios como James Madison, Thomas Jefferson o el propio Juan Bautista Alberdi, las leyes corren por detrás de los acontecimientos, pero la magnitud y la velocidad de la gran disrupción que ya comienza a provocar la singularidad tecnológica de la inteligencia artificial y el proceso de uberización de la economía amenaza con descolocar por completo las capacidades de regulación de los estados.

Por el lado de la demanda las fuertes cuarentenas sirvieron para replantear los patrones de consumo, pero también contribuyeron a desidealizar el romanticismo del home office y de los chicos tomando clases por internet, dejándonos una gran lección que ya había sido sugerida por los pobres resultados de los programas de asistencia social a los desempleados en Europa. El empleo, como sostenía el sociólogo francés André Gorz, no se reduce solo a la actividad mercantil asociada a la provisión de recursos para la subsistencia, sino que tiene un rol como organizador social y cuando ese mecanismo se debilita, por una pandemia, o por el avance tecnológico, crujen los cimientos de la sociedad; se rompen lazos y se construyen nuevas relaciones que ponen en discusión los equilibrios de la comunidad.

Por el lado de la oferta se aceleró la transformación, a punto tal que, según Bloomberg, las 500 personas más ricas del planeta agregaron 1,8 billones de dólares a sus fortunas personales, por la suba de las acciones de las empresas de las que son dueños, que, lejos de perder plata con la pandemia, aumentaron su tasa de ganancia. Así, uno de los rasgos distintivos de la economía de la singularidad, que esperábamos para los próximos veinticinco años, mostró su hilacha en 2020 y la desigualdad en los ingresos -y sobre todo en la riqueza- se multiplicó.

La economía ya no será la misma. pero no por las cicatrices que deje el coronavirus, ni por los cambios que obligó, sino porque nos mostró pinceladas del futuro; grandes trazos de las consecuencias de una transformación tecnológica espectacular que mostró algo de su luz por las rendijas de la enfermedad. La sociedad aprendió el concepto de la exponencialidad: un proceso que se acelera a tal velocidad que el momento de actuar es cuando parece demasiado temprano y cuando se dispara resulta imparable.

La singularidad es esa misma exponencialidad aplicada a la tecnología y los cambios que producirá tienen una magnitud que apenas alcanzamos a imaginar. No se trata ya de proyectar nuevos juguetes, como cuando la ciencia ficción pensaba el año 2000 cuatro décadas atrás, sobreestimando nuestra capacidad para manejar autos voladores, pero perdiendo de vista el boom en las telecomunicaciones e internet. Estamos hablando de un cambio radical en las reglas de juego de la sociedad, en la cultura y en sus estructuras institucionales. En un nuevo paradigma del empleo y la educación, pero sobre todo en el impacto que eso tendrá en instituciones como la familia o la propiedad, en el rol del Estado y en nuestra capacidad para salirnos del sistema y navegar bajo el radar.