Un billete es una promesa; un papel pintado sin valor intrínseco, que solo se sostiene por la creencia colectiva de que será aceptado por otros. La moneda, como enseñamos en la facultad, tiene tres funciones; es una unidad de cuenta que permite expresar el valor de las cosas en sus unidades, es un medio de pago generalmente aceptado, que sirve para cancelar obligaciones, y se usa también como reserva de valor.

Cuando hay mucha inflación aumenta la dispersión de los precios y perdemos la referencia de cuanto cuestan las cosas, debilitándose así la primera función. En el caso de operaciones en bienes durables, donde la erogación es significativa en relación a los ingresos, si la inflación es persistente y muy significativa, directamente dejamos de usar la moneda doméstica y pasamos a poner los precios en dólares. El mercado inmobiliario es un claro ejemplo de esto, pero en sociedades con hiperinflación como Venezuela hoy o Argentina a fines de los 80s, incluso la comida tiene su precio en dólares.

La fuerza de la ley sostiene el poder del dinero de curso legal para cancelar obligaciones, pero en la medida que la inflación se acelera, los contratos empiezan a indexarse explícita o implícitamente, como ocurre ahora con los alquileres. Este comportamiento se generalizará a otros contratos si los precios siguen corriendo a alta velocidad y el gobierno no logra frenarlos.

Ni hablar del efecto pernicioso de la inflación en la capacidad de conservar el valor del dinero doméstico. Con un índice de precios creciendo casi al 5 % mensual, conservar los ahorros en pesos equivale a poner el helado fuera del freezer, en pleno verano.

 

No sube el dólar

Aunque a muchos de ustedes les parezca increíble, no sube el dólar. En realidad, se cae el peso. Y aunque esta distinción pueda parecer una pavada, no se trata de un juego de palabras ni de un relativismo ingenuo. Es cierto que el dólar en el mundo se fortalece ligeramente, pero el problema central es que cae la demanda de pesos y por lo tanto el precio de la moneda se derrumba. Es interesante notar que no se trata de un fenómeno de emisión excesiva, sin respaldo, como tantas veces hemos visto en nuestro país. De hecho, la base monetaria está prácticamente sin cambios desde octubre del año pasado. No; lo que ocurre es que hay una crisis de confianza fenomenal y la manifestación primera de esa credibilidad famélica es el repudio a la moneda.

Lo cierto es que hasta diciembre el plan económico venía bajando la inflación mes a mes, desde la ultima corrida de septiembre. No porque de golpe se hubiera reconstruido la confianza en el gobierno, sino porque las tasas de interés superaban las expectativas de inflación, que además estaban a la baja por el anuncio del apretón monetario. Pero en cambios en algunos precios clave de la canasta de consumo, como por ejemplo la suba de la carne. El rebrote inflacionario coincidió con la fuerte baja de las tasas de interés y para mediados de febrero el Banco Central entró en cortocircuito fomentando plazos fijos que pagaban 33 % en un contexto en el que la gente esperaba, según la encuesta de la Universidad Di Tella, 40 % de inflación.

Sobre llovido, proliferaron encuestas que coinciden en mostrar menos chances del oficialismo y la publicación del libro de Cristina Fernández fue leída como una confirmación de su candidatura. Sin importar si esto es cierto o no, lo concreto es que el mercado empezó a descontar una mayor probabilidad de que vuelva el kirchnerismo, con la posibilidad de que reaparezcan los controles de capitales y las limitaciones para comprar dólares.

Por supuesto, lo que el gobierno no dice es que esas mayores posibilidades de la oposición son la consecuencia del fracaso de sus políticas económicas. Más aún: la razón por la cual una de las peores presidentas de la historia, desde el punto de vista del manejo de la economía, tiene chances de volver, es porque Cambiemos no acierta en articular una propuesta atractiva para sus votantes del 2015. No se trata solo del voto castigo. Si Cristina tiene chances es porque la gente no le cree a Macri.

No es una apreciación subjetiva, ni una exageración; Alfonsín asumió en medio de una crisis de deuda extraordinaria, que afectaba a toda América Latina, luego de que la política antinflacionaria de los Estados Unidos hubiera hecho volar las tasas de interés y colapsar a México en 1982. Es cierto que el padre de la democracia se fue en medio de una hiper, pero nadie recuerda que asumió con 620 % de inflación. La gestión de Menem es muy cuestionable, pero no debemos olvidar que remontó esa hiper, e incluso De la Rua, con todas las criticas que pudieran hacerle, debió administrar el ocaso de la convertibilidad.

Pero Fernandez de Kirchner asumió con superávit fiscal, superávit externo y autoabastecimiento energético, con un dólar competitivo y con reservas abundantes. En ocho años de gobierno perdió todo eso y no fue capaz de hacer crecer las exportaciones; variable clave para sostener el crecimiento.

Aún así, el mercado se estremece y el peso se hunde ante la posibilidad de su regreso. Esta crisis no se resuelve con un cambio de gabinete, ni con una medida mágica que logre dar en el clavo. Basta de pensar en una renuncia, un pase mágico o la fantasía de una dolarización que tampoco resuelve los problemas de fondo. La suba del dólar, o mejor dicho; el derrumbe del peso, es la señal de la falta de confianza en la actual conducción y la únjica forma de revertirlo es convencer a la gente de que hay un proyecto más allá de dicembre.

Sin confianza, no hay moneda