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“Los Estados Unidos tiene un significativo interés en materia de política exterior, en apoyar los esfuerzos de la nueva administración argentina por revertir las anteriores políticas económicas, con el objeto de normalizar las relaciones con sus acreedores y fortalecer la economía”

Con ese argumento y cuando Barak Obama todavía estaba en suelo argentino, el Gobierno de los Estados Unidos se presentó el jueves como Amicus Curiae apoyando a nuestro país en su pedido tendiente e levantar los embargos que pesan sobre los fondos del país en el exterior y que traban no solo el pago a los bonistas que entraron en los canjes 2005 y 2010, sino potencialmente también el que debe hacerse antes del 14 de abril, para cumplir con los acuerdos recientemente alcanzados con los buitres.

Si bien el Ejecutivo norteamericano ya había actuado como parte interesada a favor de Argentina en 2014, cuando se trabaron esos embargos, en esta oportunidad el texto de presentación refleja un fuerte apoyo político que corona de algún modo el éxito diplomático de la visita del Presidente más importante del mundo, incluyendo un rotundo apoyo a la nueva gestión en cada una de los discursos y coronando la luna de miel con la firma de un acuerdo marco para comercio e inversiones, con el compromiso de distintas empresas de los Estados Unidos para volcar más de 16.000 millones de dólares en los próximos cuatro años.

El giro de 180 grados en materia de política exterior de la nueva gestión, sumado al declarado objetivo de recuperar la inversión extranjera y el crédito como motores del crecimiento puede tener un fuerte impacto en nuestro país. Pensemos que mientras que en los últimos cinco años Brasil recibió más de 300.000 millones de dólares de inversiones directas, Argentina sumó solo una sexta parte de ese monto, lo cual es poco si tenemos en cuenta que nuestro PBI es una cuarta parte del brasileño.

En el otro extremo, Chile, que tiene una economía de la mitad de tamaño que la nuestra, captó 109.000 millones de inversiones, prácticamente el doble en términos absolutos, que lo que vino a Argentina. Entonces es razonable pensar que la traducción al castellano de “volver al mundo” quiere decir multiplicar por entre dos y cuatro veces las inversiones recibidas del exterior.

LOS FLUJOS DE DEUDA

La otra gran oportunidad que se le abre al país luego de la normalización de sus pagos externos es el regreso a los mercados de deuda, donde no solo el gobierno sino sobre todo las empresas privadas podrían favorecerse consiguiendo fondos.

Default parcial mediante, la posición de deuda externa del país es comparativamente muy baja, puesto que solo representa, aun incluyendo el acuerdo con los buitres, 15% del PBI. Si el país normaliza su situación y pasa a ser calificado como “emergente” por parte de las calificadoras de riesgo, el Tesoro podría colocar entre 20.000 y 25.000 millones de dólares anuales de nueva deuda, lo que le permitiría financiar parte del déficit fiscal sin necesidad de emitir pesos, por un lado, y recuperar niveles de inversión pública compatibles con un sendero de desarrollo sostenible a tasas de entre 3% y 5% anuales. En el idioma de Cervantes, esto quiere decir más infraestructura y menos inflación para los próximos años.

NO TODO LO QUE BRILLA ES ORO

Si bien la combinación de más inversión privada y más disponibilidad de fondos para no tener que emitir tantos pesos y poder financiar obra pública, puede poner al país nuevamente en el terreno del crecimiento, las nuevas condiciones podrían también degenerar en problemas de sostenibilidad de ese esquema si las inversiones van a sectores que facturan en pesos y la deuda solo termina siendo usada para financiar un déficit fiscal que no se cierra.

Pensemos que de acuerdo a la CEPAL las inversiones extranjeras tienen una rentabilidad promedio del 9% anual y si el país no ofrece oportunidades de reinversión, eventualmente puede sufrir una sangría de divisas, si esas utilidades se generan en un sector que produce servicios que se venden en pesos, pero obviamente se remesan al exterior en moneda dura.

Lo mismo ocurre con la deuda. Es tan ridículo vanagloriarse por pagar deuda con recursos propios, que no están disponibles para rutas, hospitales, comunicaciones, o viviendas, como festejar el acceso a la deuda para financiar el déficit fiscal.

Corea del Sur tenía una ratio de deuda similar al nuestro en 1967. En los diez años siguientes pasó de deber 645 millones de dólares ese año a la friolera de 12.649 millones, multiplicando casi por veinte sus compromisos externos, pero como eso ocurrió en un contexto de fuerte crecimiento económico, la deuda como porcentaje del PBI creció solo hasta representar el 33% del producto. La deuda externa financió el desarrollo de los coreanos y el proceso fue tan exitoso que hoy es muy probable que usted esté leyendo esta columna en un celular o una computadora fabricada en ese país, que en 1960 tenía un PBI per cápita de una sexta parte del nuestro y hoy lo duplica.

Argentina, por desgracia, es el contraejemplo de lo que no hay que hacer; tanto en la última dictadura como en los 90, la deuda financió el déficit fiscal y la ilusión del dólar barato.

Solo en un contexto de cuentas sanas, la vuelta al mundo es una buena noticia. Si el gobierno no tiene éxito en eliminar el déficit fiscal y la inflación en los próximos cuatro años, las inversiones se transformarán en una sangría mortal de dólares y la deuda resultará impagable conduciéndonos al enésimo default.

fuente

zzzeldia