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-¿Por qué los argentinos pensamos siempre en dólares?

-No siempre tuvimos la mente dolarizada. Cuando había baja inflación, como ocurrió entre 2003 y 2006 por ejemplo, la gente prefería ahorrar en pesos y el Banco Central no daba abasto para comprar los dólares que nadie quería. Cuando hay alta inflación y encima las tasas de interés en pesos no alcanzan para proteger los ahorros y garantizar que nuestro dinero no pierda capacidad adquisitiva, lógicamente tendemos a buscar otras coberturas; los que pueden, compran tierras o ladrillos; los que tienen menos, se van al dólar, no ya con la expectativa de ganar, sino para no perder, como quien compra un seguro contra incendios. La Argentina tuvo, desde 1946, la pésima combinación de alta inflación con tasas reguladas, destruyendo así su soberanía monetaria. Para que la gente vuelva a pensar en pesos necesitamos aniquilar la inflación y garantizar que la tasa de interés compense los aumentos de precios remanentes.

-¿Pero un poco de inflación no es buena, sobre todo si las paritarias recomponen el salario?

-No, no y no. Hay que desterrar ese mito de la inflación buena y la inflación mala. Es verdad que, en un proceso de desarrollo, con una economía pequeña y cerrada, pueden producirse cuellos de botella en algunos sectores productivos que recalienten la economía, poniéndole presión a los precios, pero ello lejos de ser bueno, es algo que se debería evitar con planificación del desarrollo y apertura. Incluso si se pudiera garantizar que los salarios mantengan su capacidad de compra, la inflación seguiría siendo nefasta porque licuaría el valor de la moneda, haciendo que el dinero pierda sus funciones de unidad de cuenta, medio de pago aceptado y reserva de valor. Si la demanda de dinero se vuelca a monedas alternativas, profundizamos los problemas estructurales de escasez de divisas, lo que obliga a tener un dólar más alto y, por ende, salarios en dólares más bajos.

-¿Cómo se recomponen las expectativas tras una devaluación?

-Garantizando un dólar libre. Porque de ese modo deja de tener sentido la especulación con una futura devaluación y resulta preferible poner los ahorros en pesos, al resguardo de la tasa de interés que te da un plazo fijo, o en una actividad productiva con rentabilidad en moneda nacional. Cuando se recompone la demanda de pesos, cae además drásticamente la inflación, porque baja la velocidad con que la gente busca desprenderse del dinero. Más aún; si aumenta la demanda de moneda local, resulta menor el impacto inflacionario de la emisión monetaria, lo que amplía el margen de maniobra del Gobierno para cerrar el déficit fiscal y reemplazar las fuentes financieras por colocaciones de deuda sin que sea necesario ajustar.

fuente:

LaNación