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En el único bar de un pueblito rural cercano a Pergamino, pleno núcleo sojero del tercer productor más grande del mundo, los hermanos Ferrari mastican la decisión. O la beben. O las dos cosas. Saben que hoy la tonelada de porotos de esa oleaginosa se cotiza a 363 dólares en Chicago y que deberán obtener un rinde de 16 quintales para “quedar hechos”. La decisión es relativamente fácil en esa zona de alta productividad, donde un campo puede llegar a duplicar la cantidad de soja por hectárea que se obtiene en el promedio del país.

Así y todo, tampoco existen certezas; aunque hoy los mercados de futuros permiten congelar los precios, nadie sabe cómo se comportará el clima, que podría llegar a inundar todos los planes. El gran economista inglés John Maynard Keynes definía a este tipo de incertidumbre como probabilística, en el sentido de que si bien los productores no pueden saber a ciencia cierta cuánto cosecharán, independientemente de su esfuerzo a la hora de la siembra, sí conocen la frecuencia con la que se suceden los años de buenos rindes y las calamidades que lo arruinan todo.

Desde ese punto de vista, la incertidumbre que caracteriza el proceso es similar a la de un apostador que juega a la ruleta. El hombre no puede saber si la próxima bola caerá en el 1, en el 32 o directamente en el 0, pero conoce que cada una de esas chances tiene una probabilidad concreta de materializarse, sabe que una de cada 37 veces, en promedio, aparecerá cada uno de esos números.

La analogía no es casual; coincide con la visión del psicólogo social norteamericano Ward Edwards para quien todo proceso de decisión es en esencia una apuesta, donde a veces se gana y otras veces se pierde.

Apostadores y especuladores A su vez, todo el que apuesta se la juega por un resultado; especula con la realización concreta de un escenario que lo favorece. Entra en un terreno en el que su cosecha ya no depende estrictamente de la siembra, sino que debe aceptar que la suerte juegue su parte.

Por supuesto la mayoría de la gente odia la incertidumbre y, si bien a muchos nos gusta cada tanto jugar un billete de lotería, soñar que podemos ser millonarios con una boleta de Quini 6, gastar el cambio chico en una raspadita o divertirnos un rato en una maquina tragamonedas, pocas personas aceptarían rifar el fruto de su esfuerzo y jugarse a cara o ceca el resultado de su negocio.

En un mundo de actores que temen correr riesgos, algunos han construido millonarios negocios administrando la incertidumbre ajena. Sin ir más lejos, esa es la razón por la que existen los empleos en relación de dependencia, porque cuando una empresa contrata trabajadores y les paga un sueldo fijo, acepta correr con las vicisitudes asociadas a la volatilidad del negocio, pero les cobra una suerte de póliza de seguro, pagándoles menos de lo que tendría que erogar si los contratara sin seguridad salarial.

A escala más grande, los fondos comunes de inversión que presuntamente especulan con miles de millones de dólares a escala global, edifican su fortuna administrando el riesgo ajeno de manera tan profesional que en realidad paradójicamente terminan siendo más conservadores que un jubilado con un plazo fijo. Compran acciones de la empresa de paraguas y al mismo tiempo invierten en la que fabrica bronceadores. No apuestan todas las fichas a unos pocos números, sino que por el contrario cubren todos los espacios del paño, todas las posibilidades.

La aversión al riesgo no es tampoco un fenómeno nuevo. Algunos psicólogos evolucionistas como Steven Pinker piensan que ese comportamiento viene preconfigurado en nuestros genes porque en tiempos ancestrales ser prudente aumentaba las chances de supervivencia. Pensemos que hace 100.000 años no era posible acumular el producto de una jornada de caza súper exitosa, pero, sin embargo, las posibilidades de morir en el intento de atrapar un mamut eran astronómicamente mayores a las de conformarse con una pieza menor. Simplemente no tenía sentido correr riesgos; “garpaba” ser conservadores. Muchos años después la aventura de proveerse de alimento se ha visto reducida a un viaje a la heladera, pero queda en nuestros genes la preferencia por la certeza, que se expresa en cada una de nuestras decisiones.

El premio Nobel de Economía Daniel Kahneman descubrió, sin embargo, en una serie de experimentos de Psicología Social, que sí nos gusta la incertidumbre cuando venimos perdiendo. La lógica también es evolucionista. Cualquiera que hubiera perdido la fuente de acceso a sus recursos alimenticios tenía todos los incentivos para arriesgarse a recuperarla, incluso cuando el intento pudiera condenarlo a la muerte, porque de nada servía en ese caso la certeza de la inanición; “perdido por perdido” bien valía arriesgarse cuando el premio podía ser la supervivencia y la única seguridad era perecer por no intentarlo.

En cierto sentido, lo que acaba de ocurrir en los Estados Unidos encuentra su lógica explicativa en esta propensión, porque fueron las regiones que más perdieron con el nuevo contexto de globalización y creación de valor basado en tecnologías de la información las que se tiraron a la pileta de Trump sin saber siquiera si había agua en el fondo.

La incertidumbre probabilística y la radical

En plena década del 30, cuando las bolsas mundiales se derrumbaban y la crisis financiera se llevaba puesta a la economía real, Keynes hizo la distinción entre la incertidumbre probabilística tradicional y la nueva situación en la que no había ni siquiera la más mínima chance de asignar probabilidades a los distintos escenarios. La gente realmente no tenía la menor idea de lo que podía pasar. En ese contexto de incertidumbre radical, tomar una decisión era como apostar sin saber cuántos números tenía la ruleta, sin que quedara claro de antemano cuánto se ganaba si salía cara y cuánto se perdía si la moneda del azar caía del lado de la ceca.

El nuevo panorama post 8N, con la consolidación de la figura del megaempresario inmobiliario como el próximo presidente de los Estados Unidos, se parece más a este último escenario, que al típico caso de incertidumbre probabilística, porque no solo nadie tiene certezas respecto de las nuevas medidas económicas, sino que tampoco existen probabilidades sobre las cuales basarse.

¿Qué ocurrirá a partir del 20 de enero? ¿Cumplirá el magnate sus promesas de campaña y cerrará la economía asestándole un fuerte golpe al comercio internacional o se contentará con un agresivo plan de obra pública financiado con deuda, absorbiendo los dólares que antes oxigenaban las inversiones en el mundo en desarrollo?

Hasta ahora los mercados apuestan a que una combinación de estas dos cosas ocurrirá y por eso se devaluaron fuerte las monedas de los principales socios comerciales, empezando por México, pero impactando también en Brasil y Europa. También es cierto, sin embargo, que los mismos mercados apostaban la semana pasada a que ganaba Hilary. No hay seguridades sobre lo que ocurrirá. Lo único que existe son incertidumbres, y en un mundo habitado por gente que teme al azar y que invierte dinero en comprar certezas, el malestar durará por lo menos hasta que a fines de enero comience a despejarse el horizonte y se aclare un poco el panorama de los posibles escenarios.

La gente postergará decisiones, toda vez que esas especulaciones son ahora más riesgosas que antes y solo duplicarán la apuesta aquellos que vayan perdiendo, que no hayan salido a tiempo de posiciones de inversión volátiles y que busquen recortar esos resultados negativos, recuperando parte de lo que el huracán Trump se llevó puesto.

Por unos meses, la economía será terreno de especuladores profesionales, de inversores especializados en vender paraguas a los que temen tempestades y al mismo tiempo bronceadores a los que esperan que salga el sol.

La incertidumbre no mata, pero paraliza. Está en nuestros genes.

fuente:CLARIN