El libro de lomo pesado y lectura peor, guardaba un secreto hacía muchos años. En la página 422, ocre por el paso del tiempo un detallado plano indicaba la ubicación del tesoro. Decenas de miles de cofres llenos de metales preciosos que los españoles escondieron el día que invadieron los ingleses, temiendo el peor final.

Imaginemos por un minuto que este típico pasaje de un cuento colonial, fuera cierto y que efectivamente existieran muchos tesoros desparramados por la geografía, esperando ser desenterrados. Habría un costo para encarar la campaña de recuperación de los metales y su posterior comercialización, pero convengamos que más allá del financiamiento de la logística, sería prácticamente todo ganancia.

No solo podríamos con ese oro financiar inversiones en escuelas, hospitales e infraestructura para el desarrollo, sino que además conseguiríamos las divisas que nuestra economía necesita para poder crecer sin interrupciones ocasionadas por restricciones de dólares, como las que han azotado a la actividad en los últimos 60 años y están nuevamente poniendo contra las cuerdas al actual modelo.

La buena noticia es que no se trata de un cuento de ficción. El campo, la minería, la pesca y la explotación de hidrocarburos, son actividades que en esencia implican “desenterrar” una riqueza que está hundida y que no nos podemos dar el lujo de desaprovechar.

A diferencia de la producción de cualquier bien y servicio, cuyo precio de mercado puede descomponerse en los costos necesarios para producirlos, cuando se trata de agricultura, pesca minería y extracción de recursos petrolíferos, su valor de mercado trasciende la mera transformación de trabajo, capital y tecnología que se emplea para conseguirlos. El primero en notar esto fue el Economista David Ricardo y por eso al “tesoro escondido” en estas actividades se lo denomina “rentas ricardianas”

Pensemos por ejemplo en un empresario que alquila dos campos; uno en Pergamino, una zona de alta productividad donde se obtienen 7 toneladas de soja por hectárea, y otro en La Pampa, donde por efecto de una menor calidad del suelo solo se consiguen 3 toneladas de la misma oleaginosa. Decimos entonces que el primero de esos campos rinde una renta ricardiana de 4 toneladas por hectárea, que son todo ganancia; un verdadero cofre lleno de metales preciosos. Ese diferencial también se conoce en Economía, como “renta extraordinaria”, porque en nuestro ejemplo es el mismo productor, que aplicando la misma tecnología, haciendo el mismo esfuerzo y corriendo los mismos riesgos, logra un rendimiento extra en el campo de Pergamino, sin que esa diferencia sea atribuible a su mayor inversión o dedicación, sino que resulta a partir de la naturaleza.

NO TODO LO QUE BRILLA ES SOJA

En el siglo XIX, cuando ni siquiera se habían inventado los alambrados, los mecanismos extractivos eran muy rudimentarios y lo mismo sucedía con la tecnología disponible para sacar petróleo o excavar minas.

Pero el mundo evolucionó y hoy ya no se puede sostener que la agricultura o la minería sean actividades primarias de mero corte extractivista. La tecnología transgénica o la siembre directa son dos ejemplos que muestran que hay mucho desarrollo en el campo y el trabajo de los ingenieros agrónomos, los expertos en minería de datos, y los operadores financieros que aseguran la producción, consiguen fondos y distribuyen los riesgos, son algunos ejemplos de servicios tercerizados que crecen de la mano de lo que antes eran solo productos primarios.

Ni hablar del valor agregado que se esconde detrás de la inyección de agua con la que se fracturan las rocas subterráneas para liberar petróleo y gases en Vaca Muerta, o de las inversiones que hace el sector minero para localizar depósitos de minerales, explotar sus rocas y separar el material de desecho, de lo que realmente se utilizará en los procesos productivos de la industria.

EL DESAFÍO DEL DESARROLLO

Por esta razón es falso el viejo debate que contrapone el campo con la industria y que entiende que el agro, la minería y el petróleo son actividades primarias de escaso valor agregado.

Desenterrar la riqueza que se esconde en las distintas rentas ricardianas es el primer paso para iniciar un proceso de desarrollo económico sostenido en el tiempo.

En un reciente libro que debería ser de lectura obligatoria en las escuelas, el Economista Ivan Ordoñez y el Ingeniero Agrónomo Sebastian Senesi, calculan que si se tomara la decisión política de promover a la agricultura y ganadería, el país podría producir casi instantáneamente un 20% más de granos, lo que redundaría no solo en un crecimiento del PBI, sino sobre todo en más divisas para el país.

El tema de los dólares es de particular importancia, puesto que los autores estiman que de acuerdo a distintos supuestos, por la política de los últimos 10 años, el sector se perdió de generar entre 20.000 y 40.000 millones de dólares más de reservas, con los que se habría podido evitar la imposición del cepo, manteniendo el ritmo de alto crecimiento que la economía venía mostrando en 2010 y 2011, y que contrasta con el estancamiento y escasez de dólares de los últimos cuatro años.

Simplemente no tiene sentido dilapidar nuestra riqueza y dejar enterrados todos esos “cofres de oro”, teniendo el plano con su ubicación y la tecnología para sacarlos.

Canadá, Noruega y Australia son tres ejemplos de que además, la explotación del agro, el petróleo y la minería, no se hacen a expensas del resto de la economía, sino que conducen al desarrollo de la industria y al crecimiento sostenido en el tiempo, que se traduce en bienestar para toda su gente.

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