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En la visión idealista del “hombre nuevo” en el que pensaba Ernesto Guevara, cuando manejaba la economía de la revolución cubana, los empresarios eran hombres comprometidos con el programa de desarrollo de la comunidad, que buscaban cumplir sus metas de producción en el convencimiento de que su rol resultaba fundamental para el éxito del grupo. No los guiaba ánimo de lucro alguno, e incluso el Che difería en este sentido respecto de las experiencias de otros satélites soviéticos en materia de estímulos y premios por productividad. El médico argentino entendía que todos esos incentivos tenían la semilla del sistema capitalista y que introducirlos minaba el desarrollo de una conciencia socialista.

En las economías de mercado, en cambio, independientemente del papel que juega la responsabilidad social empresaria, lo cierto es que la motivación principal de los hombres de negocios es ganar dinero. E incluso cuando en algunos casos el fuego interior provenga del deseo de acumular poder y expandir la empresa o hacer crecer un emprendimiento, nada de eso puede lograrse si la actividad pierde plata.

Esto quiere decir que resulta bastante razonable suponer que, si un empresario puede aumentar el precio de su producto, siempre lo hará en la medida que el impacto en sus ventas no le haga perder dinero por vender 1.000 unidades a $50 cuando antes vendía 2.000 a $40, por poner un ejemplo de fácil comprensión. Por esta razón, en cada momento del tiempo el empresario simplemente elegirá el precio que le permita ganar más dinero, o que le garantice una expansión mayor de su negocio.

PRECIOS ALTOS NO ES INFLACIÓN

No tiene sentido, entonces, pensar que la angurria del empresario (que descontamos) pueda generar inflación, porque la inflación no quiere decir que los productos están caros, sino que los precios están aumentando, que no es lo mismo.

Salvo que el empresario fuera tonto o hubiera estado distraído, es evidente que si un producto que salía $40 sube a $50, tiene que haber habido algún cambio en las condiciones de oferta (alguna suba de costos) o de demanda (más gente dispuesta a comprar, o la misma gente dispuesta a pagar más), que hizo que $40 ya no fuera el precio que le permitía ganar más dinero al empresario y que ahora gana más cobrando 50.

Si no hubiera cambiado ninguna condición del mercado y vemos que en febrero el producto X sale $50 en el súper, cuando un mes atrás salía $40, la pregunta obvia es ¿por qué el empresario no cobraba $50 en enero? ¿Para que esperó a febrero para subir el precio? Si ganaba más plata cobrando $50 y se pasó un montón de tiempo vendiendo el producto a $40, ¿era estúpido el comerciante?

Este razonamiento sigue siendo válido incluso para el caso de que el productor o vendedor fuera un monopolista. Pongamos el caso de Daniel Grinbak, que trajo recientemente a los Rolling Stones al Estadio Único. Se supone que Grinbak puso el precio de las entradas que le permitía sacarle más jugo al espectáculo. Obviamente, por más que fuera el único vendedor del show, tampoco podía cobrar un millón de pesos la entrada, porque a ese precio no iba nadie. El monopolista, aunque no tenga competencia, tiene el límite de la demanda; no puede poner el precio que se le cante, si lo que quiere es ganar dinero.

Cuando el famoso empresario trajo a la mítica banda en 2006 el precio del campo era de $150 (más 10% de comisión de venta). En el último show, en cambio, había que desembolsar $1250 (más $190 de comisión), para acceder a la misma ubicación. Las plateas, que estaban entre 150 y 250 pesos diez años atrás, costaron entre 2200 y 3000 pesos en La Plata. ¿Es Grinbak un empresario inescrupuloso y explotador que multiplicó casi por diez el precio de las entradas entre uno y otro show generando así la “inflación rollinga”? ¿Por qué no cobró $1250 el campo y $3000 las plateas en 2006? ¿Perdió plata en 2006 por cobrar tan barato?

PRECIOS ALTOS E INFLACION, DOS ENFERMEDADES DISTINTAS

En una economía concentrada como la nuestra, el poder monopólico de los empresarios muchas veces genera precios excesivamente altos y otro tipo de maniobras que limitan la competencia y se aprovechan de los consumidores. Es responsabilidad de la secretaría de Comercio, controlar que ello no ocurra y aplicar las leyes de defensa del consumidor y de la competencia.

Si en simultáneo al recital Stone, otro empresario hubiera traído a U2 en River y un tercer productor hubiera ofrecido The Killers y Cold Play en la Bombonera, seguramente la competencia habría bajado el precios de las entradas, pero no habría evitado que los asistentes tengan que pagar mucho más de lo que pagaban diez años atrás por las mismas bandas.

Combatir los precios injustamente altos es muy necesario, pero no tiene absolutamente ningún efecto en materia inflacionaria, porque los precios altos y los precios que suben, son dos enfermedades distintas.

En el Mercado Central, hay más de 500 puestos compitiendo por lo que cualquiera puede conseguir frutas y verduras muchísimo más baratas que en un supermercado. Pero incluso en ese espacio tan competitivo la mercadería sale diez veces más de lo que costaba hace diez años atrás.

La tarea de bajar la inflación y recuperar una moneda estable es responsabilidad del Banco Central. No se baja la inflación combatiendo precios altos, ni disparándole al repositor que remarca en el supermercado.

fuente

zzzeldia