Según el cálculo pionero del economista de la Universidad de Pennsylvania Edwin Mansfield, la rentabilidad social de las inversiones en investigación asciende a un 28% anual, una tasa de rendimiento espectacular que incluye el impacto de las innovaciones en el crecimiento económico, pero también contribuye a un mejor funcionamiento de las políticas públicas en general, como lo atestigua el reciente Nobel de Economía entregado a Angus Deaton por la extraordinaria contribución que sus investigaciones produjeron en materia de medición de la pobreza y del impacto de los planes sociales para aliviarla.

En el terreno local, las contribuciones del doctor René Favaloro, si bien no le permitieron alzarse con el merecido Nobel de Medicina, sí le valieron la satisfacción de salvar cientos de miles de vidas en todo el planeta, por el desarrollo del ahora famoso By Pass.

“95,8%. Es el porcentaje en el que creció la matrícula universitaria entre 1983 y 1993. Volvió a aumentar un 89,1% entre 1993 y 2003. Pero se expandió sólo un 11,5% en los últimos 10 años”

Por eso Argentina fue pionera en América Latina, a partir del triunfo de los reformistas de 1918, que instauraron un modelo de Universidad autónomo del poder político de turno y centrado en la investigación científica y la producción de conocimiento.

AUTONOMÍA, CIENCIA Y DESARROLLO

La autonomía como principio de la reforma no implica que la Universidad deba estar aislada de la realidad política y social del medio, porque de hecho recibe su financiamiento del Tesoro nacional, producto de los impuestos que pagamos todos, hayamos tenido o no la posibilidad de estudiar. El concepto más bien se refiere a que la creación de conocimiento no puede depender de la opinión política del gobierno de turno, ni puede éste tener injerencia en los planes de estudio ni en las líneas de trabajo de las casas de estudios.

Esa autonomía es la que, lamentablemente, las principales autoridades de la Universidad Nacional de La Plata violaron esta semana, al pronunciarse políticamente de cara al próximo ballotage, en una declaración sin antecedentes en sus casi 110 años de historia.

Aunque el estatuto de la institución claramente expresa que “la Universidad Nacional de La Plata, como institución pública y gratuita de educación superior, se ofrece abierta e inclusiva para toda la sociedad y establece como sus objetivos principales los de favorecer el acceso a sus aulas al conjunto del pueblo argentino y hacer llegar a cada rincón de la Patria los frutos de su labor…promoviendo la confraternidad y el uso adecuado de los recursos para el mejoramiento de la calidad de vida de la población” , los firmantes creyeron necesario relacionar esa posición con las opciones políticas en pugna de cara al 22 de noviembre.

La Universidad toma además una ridícula posición en un tema que no está en debate en la próxima elección, cuando dice “Los cambios por venir deben ser hacia adelante y no hacia atrás. Se necesitan políticas que profundicen y amplíen las llevadas a cabo hasta ahora” y plantea que “Rechazamos una concepción de la educación superior que la convierta en mercancía y no en derecho”

Concretamente, ¿Qué propuesta de cuál de los candidatos plantea ir hacia atrás? ¿Qué quiere decir “ir hacia atrás” en materia educativa? ¿Hacia dónde? ¿Qué candidato tiene una concepción mercantilista de la educación superior?

¿A qué se refiere el documento cuando más adelante habla de “los efectos devastadores en términos de exclusión y marginalidad que las visiones mercantilistas de la educación han producido en nuestra sociedad”?

¿Las visiones mercantilistas de la educación produjeron marginalidad y exclusión? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Acaso hubo arancelamiento de la educación y yo no me enteré?

Más bien los datos duros parecen indicar otra cosa. La matrícula de las universidades nacionales creció un 95,8% entre 1983 y 1993, volvió a aumentar un 89,1% entre 1993 y 2003, pero se expandió sólo un 11,5% en los últimos 10 años. Peor aún; nuestras universidades siguen fracasando en retener prácticamente al 70% de los alumnos que abandonan los estudios y en mejorar los tiempos de graduación del promedio de los estudiantes que tardan entre 8 y 9 años en terminar sus carreras.

“8 y 9 años. Es lo que tardan en graduarse, en promedio, los estudiantes de las distintas carreras de la Universidad de La Plata. Pero se mantiene una elevada tasa de abandono que alcanza casi el 70 por ciento de los ingresantes”

ESTUDIAR CUESTA MUCHO DINERO

Este proceso no se revirtió con las proliferación de universidades, porque la principal razón de la no matriculación y el abandono es que estudiar cuesta mucho dinero porque no se puede estar en un empleo las horas que se pasan dentro del aula y simplemente muchos jóvenes no pueden darse el lujo de no trabajar o hacerlo menos horas. En segundo lugar, porque las tasas de abandono antes de finalizar el secundario son escandalosas y porque el nivel de formación que hoy proporciona la escuela media se ha derrumbado dramáticamente, como lo muestran todas las pruebas internacionales y lo corroboran los exámenes de ingreso y/o nivelación. Pero además porque la mayoría de esas nuevas universidades no tienen nivel académico, no investigan y se crearon por razones políticas, a pesar de la opinión negativa del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) que es el órgano que nuclea a los rectores de todas la universidades nacionales.

Es verdad que hubo, sí, en la década de mayores ingresos tributarios de la historia argentina, un mayor presupuesto a las Universidades, pero el dinero no es garantía de calidad educativa, ni de inclusión. Y sólo cuando la Universidad es autónoma del poder político, investiga y crea conocimiento, contribuyendo al desarrollo.

Le hace mucho daño a la autonomía y a la propia Universidad que se haga semejante declaración de cara a una contienda electoral. Porque además ofrece una línea de razonamiento sesgada y equivocada sobre la realidad nacional y educativa, llevando al seno de la Universidad un debate que debiera serle absolutamente ajeno.

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