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El departamento estaba en pleno barrio de Recoleta: amueblado, amplio, con dos habitaciones a la calle y cochera. El precio inicial era tentador, porque por $9.000 es difícil conseguir una propiedad de esas características, con semejante ubicación. Pero la limosna se agrandó a la hora de preguntar por las expensas y los servicios, porque el esloveno que “se había visto obligado a dejar Buenos Aires porque sus hijos no se habían logrado acostumbrar nunca a la ciudad”, ofrecía ahora una especie de All inclusive si el interesado cerraba pronto la operación.

En cada mail que intercambiaba con su víctima, el estafador corría un poquito el arco, con la misma habilidad con la que un pescador experimentado tienta al primer candidato que pica su carnada. Primero logró el interés de la víctima, complementando el precio tentador con fotos dignas de un departamento de esos que salen en las revistas, y cuando finalmente logró que mordiera el anzuelo, le propuso cerrar la operación a través de una conocida multinacional, que uberizó el mundo de los alquileres temporarios.

Explotando la angurria de su cliente, que en cada intercambio sentía que hacía un negocio mejor, le sugirió que incluso podía ahorrarse la comisión de este intermediario si esquivaba el registro oficial y le enviaba los datos a una dirección de mail que contenía la extensión de la famosa empresa, con una ligera variación. Solo debía depositar el primer mes y un depósito de $11.000. Dentro de las siguientes 48 horas le llegarían por correo las llaves del departamento y una copia del contrato. El propietario era tan generoso que ofrecía reembolsar todo el dinero si al inquilino no le gustaba el piso.

No se trata de un relato de ficción; le sucedió esta semana a mi propia hermana, con la suerte de que el lunes, cuando la estafa estaba a punto caramelo, merced al feriado en Argentina, Lorena demoró el cierre de la operación el tiempo suficiente como para ser advertida.

Las estafas como estas funcionan porque los delincuentes sacan provecho de la combinación de dos fallas cognitivas: el sesgo de sobreconfianza y el de confirmación de hipótesis.

El primero opera cuando creemos que somos mejor que los demás y seremos capaces de detectar un negocio que otros no han visto antes. Si bien es cierto que siempre hay alguien que encuentra el billete de US$100 que se le cae a un distraído en una avenida, es poco probable que tengamos tanta suerte de toparnos nosotros primero con el dinero, en una arteria donde miles de personas podrían haberlo encontrado antes. Pero ahí está el billete y la tentación de creerse más listos que el resto es grande. Después de todo, para eso hacemos una búsqueda meticulosa en la red, para encontrar esa oferta que otros no han visto. Lo mismo da si se trata de comprar un auto usado, conseguir el último iPhone, o encontrar algo para alquilar.

Una vez que creemos que encontramos una pepita de oro, tendemos a ver todo dorado y solo le prestamos atención a la información que confirma nuestra presunción, ignorando olímpicamente las numerosas pistas que nos muestran que podemos estar equivocados. Así, los datos que aisladamente hubieran resultado inverosímiles, de golpe cobran sentido en la historia global y el “cuento del tío” gana cuerpo.

Por fortuna para la mayoría de nosotros, la oferta y la demanda funcionan también en el mundo de las estafas, porque en la medida que el botín de los incautos resulta más atractivo, se incrementa concomitantemente la competencia por explotar esas “oportunidades”. Con la proliferación de chantas ocurre entonces una especie de segmentación del mercado; algunos optan por perfeccionar el mecanismo haciendo que la trampa sea más difícil de detectar, pero en el mundo de Internet, donde los peces se multiplican, puede resultar mucho más redituable pescar con una red que solo atrapa las presas demasiado torpes y entonces otros optan por el camino inverso, haciendo que la oferta sea tan burda, que hasta un niño más o menos atento podría detectarla.

Más aún, en muchos casos la propuesta es tan ridícula que hasta el algoritmo del correo electrónico la envía a “no deseado”. Una versión muy difundida en Internet es la de un multimillonario del Congo, o de algún país africano de dudosa reputación, que necesita ayuda para sacar de su país una cifra exorbitante y está dispuesto a darnos un porcentaje si aceptamos recibir en nuestra cuenta bancaria una transferencia de su fortuna. ¿Qué puede salir mal?

Propuestas sospechosas Otra alternativa es la de la pobre rusa, que no tiene nada que envidiarle a Kurnikova y que busca pareja para huir del oprobio de una familia demasiado tradicional. Al fin una mujer tan atractiva como para conquistar a Nicolás Cabré y Mariano Martinez juntos, que reconoce nuestro atractivo físico y es capaz de derretirse con las incongruencias que a duras penas logramos escribir en ruso, traductor del Google mediante. La culpa no es nuestra, claro está, sino del sesgo de sobreconfianza que llevamos en los genes, combinado con nuestra propensión a creernos la historia, que será la responsable de que ignoremos todas las alarmas. ¿Qué insensible ser humano podría resistirse a colaborar con el pasaje low cost, para que la blonda pueda cruzar el Atlántico?

Y hay fauna autóctona también, como ese economista marplatense que ridiculizando al mismísimo Bernard Maddoff, le ofrecía una rentabilidad del 30% en dólares a los inversores ávidos de tomar el camino corto a la cima. ¿Qué podía fallar? En la práctica, como descubrió el autor de “Freakonomics”, Steven Levitt, todas estas propuestas tienen algo en común. Están diseñadas para que el 99% de la gente se dé cuenta de la trampa de manera casi instantánea. El sistema funciona descartando a los que tienen facilidad para distinguir el gato de la liebre, puesto que sería muy costoso invertir tiempo y recursos en procurar que muerda el anzuelo un pez, que a la larga o a la corta es muy probable que detecte el billete falso. Los que pasan el filtro son los más ingenuos, serán los más propensos en llegar hasta el final y entregar los datos de la tarjeta, hacer un pago por adelantado.

En una zona intermedia aparecen una serie de sistemas a la Ponzi, en honor del memorable estafador italiano Carlo Ponzi, que se hizo millonario sobre el final de la primera guerra mundial prometiendo jugosos retornos a los inversores que aceptaban poner sus ahorros en cupones postales que rendían tasas exorbitantes, muy superiores a las que se podían conseguir por los canales tradicionales.

Montados en la misma lógica, muchos negocios que promocionan “independencia financiera” son en realidad cadenas de vendedores que deben conseguirse cada uno su grupo de seguidores. El dinero fluye, hasta que se acaban los candidatos y la pirámide ya no puede continuar expandiéndose más. Así, los primeros que entran se hacen millonarios a expensas de los últimos, que resultan estafados porque nunca logran recuperar su inversión, al no lograr venderle a nadie la costosa mercadería.

El engaño es una característica distintiva de nuestra especie, una de las manifestaciones de la inteligencia. Los sesgos que nos hacen caer en las trampas más modernas, también.

Fuente: CLARIN