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Un gran hermano invisible coordina miles de autos, les indica el sentido en que deben circular, la velocidad a la que pueden trasladarse, el momento en el cual detenerse o doblar y los lugares por los cuales no pueden pasar.

El visitante de un planeta lejano que nos observara desde una nave espacial, probablemente pensaría que la organización del tránsito está gobernada por un coordinador súper poderoso; un agente del orden que lo regula todo.

Pero los que habitamos el planeta Tierra sabemos que la articulación se produce por un conjunto de reglas combinadas con una serie de señales cuyo significado es compartido colectivamente.

El ejemplo sirve como metáfora de lo que ocurre con los mercados y de cómo los precios funcionan como señales que les indican a los productores lo que vale la pena fabricar y a los consumidores lo que conviene ahorrar.

Así, si por culpa de una inundación escasean las cebollas, por ejemplo, la suba de su precio es un mensaje que les grita a las familias que hay que boicotear su consumo y al mismo tiempo les indica a los productores que es conveniente profundizar los esfuerzos para cosechar lo que sea posible, o importar lo que haga falta.

En las economías de mercado, las decisiones de qué producir, cómo hacerlo y de qué manera distribuirlo, son reguladas por el sistema de precios, aunque muchos bienes públicos se producen no ya a partir de demandas monetarias, sino de manifestaciones políticas; de expresiones de interés que normalmente se aglutinan en partidos más o menos homogéneos, cada uno con su propia plataforma de propuestas de diferentes combinaciones de bienes públicos e impuestos.

SECUELAS DE LA DESIGUALDAD

Sin embargo, cuando la distribución del ingreso es muy desigual, el predominio de una alianza de fuerzas puede dejar insatisfechas de manera políticamente insostenible a un vasto abanico de demandas heterogéneas e incluso contradictorias entre sí, que pueden acabar condensándose en espacios de articulación compartidos, cuando un líder emocional sabe sintetizar en un significado común esas demandas que para la lógica política tradicional pueden parecer de dimensiones diferentes o tal vez irreconciliables.

Los populismos emergen entonces por la profundización de una desigualdad tal en la distribución de las oportunidades, que rebalsa las capacidades de contención de los partidos políticos tradicionales produciendo conjuntos de demandas insatisfechas que podríamos resumir en la idea de una exclusión que aunque originada en la economía acaba siendo también política. El historiador Ernesto Laclau entendía que esa emergencia en cierto sentido recuperaba la democracia, puesto que les devolvía volumen político a enormes grupos de la sociedad que hasta ese entonces estaban marginados de la posibilidad de participar en la elaboración de las nuevas reglas.

Pero el problema surge cuando en pos de la construcción de la identificación y pertenencia que todo líder político carismático necesita, se emplean fórmulas inconsistentes, no ya por poner en evidencia la contradicción de algunas de las demandas que se aglutinan en torno a un discurso que apunta más a las entrañas que a la razón, sino por la incapacidad de sostener en el tiempo las bases económicas del populismo.

Un ejemplo de esa insostenibilidad es la fijación artificial de un tipo de cambio atrasado que le vende a la población la ilusión de un salario en dólares que en la última gestión de la Presidenta fue un 64% superior, en promedio, al que prevaleció en sus cuatro anteriores años de gobierno y que hace que resulte barato no sólo viajar al exterior, sino comprar cualquier bien transable que fija su precio en relación al valor de las divisas externas, como es el caso de los autos, celulares y electrodomésticos varios.

LA LUZ Y OTROS EJEMPLOS

Otro ejemplo es la subvención de las tarifas de servicios como la luz, el gas y el transporte, que generan la paradoja de que un bimestre de EDELAP o EDESUR, con todos los electrodomésticos conectados a full, cueste lo mismo que un café con dos medialunas, cuando el abono del cable, la cuota del club o la factura del celular son un recordatorio perfecto de lo que realmente costaban esos servicios antes de que sus tarifas fueran intervenidas.

Un tercer ejemplo es la necesidad de emitir deuda para financiar la satisfacción de la matriz de demandas, hasta dejar a un país al borde de la insolvencia o, peor aún, fabricar billetes sin respaldo, destruyendo la confianza de la gente en el valor simbólico compartido del dinero, hasta que la inflación erosiona la soberanía monetaria, causando que la población corra a guarecerse en monedas extranjeras, profundizando la escasez estructural de dólares de la economía.

Por supuesto, a mí me encantaría que la luz y el gas fueran gratis o poder cargar nafta como en Venezuela, donde el tanque lleno cuesta un dólar, del mismo modo que festejaría si la gente del cable me permitiera usarlo sin pagar o si mi compañía de celulares regalara el abono, aunque para ser honesto en este último caso me conformaría con que los teléfonos al menos funcionaran. Y si me preguntan, contrariamente a devaluar, yo preferiría un dólar aún más barato, porque de ese modo podría tener el mismo salario que un alemán.

Sin embargo, todos sabemos que ninguna de estas ilusiones se puede mantener en el tiempo y que más tarde o más temprano, lo que es gratis se acaba y el retorno de las variables a la realidad ocurre como consecuencia ineluctable del populismo que dio origen al desajuste.

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