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La cara de Rosas le parecía simpática pero, presa del aburrimiento, le impostó unos bigotes burdos, con la verosimilitud de una Bic. Un par de horas después Jorge trocó el billete por tres cuartos kilos de pan en un supermercado chino. El asiático se sintió obligado a continuar la obra de arte enmarcando la cara del tirano con un par de lentes cuadrados, aunque esta vez prefirió una birome negra. Con cada intervención, ese billete cobra una forma única e irrepetible que le confiere una identidad particular. Lo cierto es que el papel moneda tradicional es un cheque al portador; no tiene nombre ni apellido. Tampoco es posible saber en qué compraventas estuvo involucrado. Pero lo que está ocurriendo por detrás del billete es una transferencia de derechos, porque cuando vendo mi trabajo y me pagan con algunos yaguaretés, en realidad lo que sucede es que el servicio laboral que yo entrego me genera el derecho a comprar una determinada cantidad de bienes y servicios a cambio. El billete simplemente instrumenta ese activo.

Un bitcoin es en esencia una cosa muy parecida; un registro electrónico de cada una de las operaciones que se fueron haciendo con esa pieza, con la ventaja de que registra en su memoria la cadena de derechos que se van generando con cada operación, de modo que resulta muy difícil de falsificar y se vuelve más robusto cuanto más se difunde su utilización como medio de pago que cancela algún tipo de obligación.

Un instrumento para la nueva economía

El papel moneda tradicional funciona de manera espectacular en una economía industrial formalizada e institucionalizada como la del siglo XX, pero como tecnología de transferencia de derechos es muy ineficiente en la nueva economía globalizada, en la que el valor no se crea dentro de las paredes de una fábrica, sobre la que el Estado tiene un relativo control, sino de forma descentralizada en miles de millones de hogares alrededor de todo el mundo. En otros términos, los costos de transacción podrían bajar mucho si se utilizara una moneda estable de carácter universal, que no requiriera cambiarse por otra cuando la operación económica traspasa fronteras y que no requiriera gastos para su transporte, almacenamiento y mantenimiento en condiciones de máxima seguridad.

En la medida que se masifiquen las impresoras 3D y que el costo de contar en cada hogar con una de esas máquinas de alta definición baje drásticamente, es muy factible que las industrias tradicionales cierren las persianas y que emerjan, en cambio, millones de diseñadores de todo el mundo, cada uno con cientos de modelos para ofrecer por Internet, a un click de distancia. En ese mundo, el dinero físico tiene los días contados; probablemente será reemplazado por banca digital o directamente por bitcoins o alguno de sus múltiples competidores, como Ethereum o Ripple.

El problema es que hasta que el comercio electrónico domine las ventas, la demanda de crypto monedas con fines transaccionales tiene pocas chances de expandirse en el comercio tradicional, básicamente porque no constituyen un medio de pago con capacidad legal de cancelar una obligación y por lo tanto los bancos centrales desincentivan su utilización.

Es cierto que las monedas además se demandan como reserva de valor, pero justamente aquí reside uno de los problemas centrales del bitcoin, porque, así como resulta tentador comprar un activo que en el último mes haya subido 68%, también es cierto que tener los ahorros en una moneda que puede perder más de la mitad de su valor en pocos días, no es apto para cardiacos.

Hay un problema aquí parecido al dilema del huevo y la gallina, porque si el bitcoin fuera demandado masivamente y utilizado por todos, su cotización sería mucho menos variable, pero justamente es esa estabilidad la que resulta necesaria para apuntalar la demanda.

Especuladores sin control

Con baja demanda para transacciones y escasa garantía de mantenimiento de valor, el atractivo de este tipo de monedas virtuales se apoya en la posibilidad de producir alta rentabilidad en un corto período de tiempo; el bitcoin es el paraíso de los especuladores.

Desde un punto de vista teórico, sin embargo, esto no necesariamente sería cierto. En octubre del 2013 la Academia sueca le dio el Premio Nobel de Economía a Eugene Fama, por la enorme influencia de su teoría de los mercados eficientes. La idea es muy simple: si usted tiene información suficiente para pensar que un activo está barato, comprará ese papel. En la medida que su conocimiento parta de datos públicos, disponibles para todos, pues lo más probable es que otra gente observe lo mismo y la novedad se traduzca entonces en una suba del precio, de suerte tal que siempre la cotización de un instrumento financiero refleja toda la información disponible. Del otro lado del mostrador, si usted tiene acciones de una empresa que sabe que tendrá problemas y esos inconvenientes son conocidos por todos, entonces querrá desprenderse de ellas. Si todos hacen lo mismo, obviamente las acciones se devaluarán en el mercado.

En un contexto de mercados eficientes, ninguna suba de precios debería preocuparnos, por más abrupta que fuera. Si un bitcoin sale 2.300 dólares, cuando hace un año se podía conseguir por menos de 500, esto obedece a que muchos compradores informados se convencen de la potencialidad de la nueva moneda.

Sin embargo, el mismo año que premiaron a Fama, los suecos también distinguieron a Robert Shiller, por mostrar que los mercados no son tan eficientes como imaginaba su colega y que con frecuencia sobrerreaccionan produciendo burbujas. La especulación puede sostenerse incluso si todos los que participan del mercado son conscientes de que se está produciendo una suba que no resulta sostenible y que tarde o temprano se derrumbará, por la misma razón que muchos están dispuestos a jugar al juego de la silla vacía mientras la música está sonando.

En general hay al menos dos defensas en contra de las burbujas de activos. La primera está constituida por la posibilidad de “shortear” el papel en cuestión; un tecnicismo que refiere al acto de vender un instrumento financiero sin siquiera tenerlo, con la esperanza de que al momento de tener que entregarlo, se haya caído su precio y sea más barato adquirirlo. La segunda son las intervenciones de los bancos centrales, que en el caso de las monedas permiten abortar cualquier intento de formación de un sendero especulativo en el precio.

El problema es que los bitcoins no son gobernados por ninguna autoridad monetaria y tampoco existen fondos ilimitados en el sector privado como para vender bitcoins sin tenerlos, “shorteando” indefinidamente esa moneda virtual. Así las cosas y dado que no existe una demanda sostenida con motivos transaccionales es altamente probable que asistamos tarde o temprano a la explosión de la burbuja de los Bitcoin, aunque nadie pueda predecir a partir de qué precio comenzará el derrumbe.

fuente: CLARÍN