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No es la primera vez que me ocurre. Salí a comprar la comida a la una de la tarde y me lo crucé en circunvalación, en el semáforo de 60. El tipo visiblemente pasado de kilos corría al rayo del sol con más de 30 grados. Bajé la ventanilla y lo miré con cara de compasión. “Loco te vas a morir, cómo vas a salir a correr a esta hora” le dije. “Es que así bajo más” me dijo estoicamente.

Pensé en decirle que no, que no bajaba nada, que simplemente perdía líquidos, deshidratándose y poniendo en riesgo su salud. Conjeturé, incluso, con la posibilidad de explicarle que en la medida en que su sistema de refrigeración interno estuviera sobre exigido por las condiciones ambientales, la capacidad de su cuerpo para mantener un esfuerzo continuado iba a ser menor y que acabaría corriendo menos y bajando por lo tanto menos peso.

En el preciso instante en que le iba a gritar que toda la ilusión de la balanza se esfumaría ni bien volviera a tomar agua, se puso verde el semáforo.

La verdad es que nos gusta la magia, adoramos las ilusiones e incluso, aunque sepamos que el serrucho no corta a la chica por la mitad, nos atrapa ver la imagen y creernos el truco.

La economía no es un terreno exento. Tenemos ilusión monetaria y confundimos aumentos nominales, producto de la inflación, con cambios reales en los precios.

Nos asombramos de que un kilo de carne salga $100 pesos, pero pocos recalan en que eso equivale a 3 cafés. Festejamos los aumentos de salarios, incluso aunque corran detrás de los precios.

Los Científicos del comportamiento Eldar Shafir, Peter Diamond y Amos Tversky lo demostraron en un experimento en el que la gente creía que un trabajador que recibía un aumento salarial del 5% en un contexto de inflación del 4%, acababan más satisfechos que los que obtenían solo 2% en un escenario de estabilidad de precios.

Y entre todas esas ilusiones está la de pensar que algunas cosas pueden ser gratuitas, o lo que es lo mismo, que existe un estado que generando sus propios recursos puede elegir pagar por nosotros, subsidiándonos el consumo.

Así, una inflación del 25% anual duele menos si la luz, el gas y el transporte no aumentan, como si esos servicios no sufrieran las mismas presiones de costos que enfrenta cualquier negocio. Caemos presa de la misma ilusión del gordito que por unas horas cree que bajo de peso porque la pérdida de líquido se nota en la balanza.

Nos sorprendemos luego cuando el Gobierno anuncia que la energía mayorista que salía $254 por MW, ahora pasa a costar $773, como si no hubieran aumentado los precios 200% desde el año 2011, que fue la última vez que se ajustaron esos precios.

Asusta pensar que una factura de luz pueda aumentar 500%, pero el impacto se relativiza cuando pensamos que ese cálculo se hace sobre la base de un hogar que pagaba 26 pesos por mes hace prácticamente diez años y que ahora se va a 158.

En un país donde los salarios se multiplicaron por tres en los últimos cincuenta meses, debería ser sospechoso que algunos precios no aumenten. Pero la realidad es que hemos sufrido un proceso inflacionario agudo y algunos precios de la economía estaban artificialmente baratos para los consumidores, porque el Gobierno había decidido subsidiarlos; el dólar, la luz, el transporte, el gas.

SUBSIDIOS Y SUBSIDIOS

La otra enorme contradicción de un Estado que regalaba la luz es que en primer lugar repartía lo que no tenía y en segundo lugar lo hacía mal. Lo primero porque desde que comenzó el proceso inflacionario crónico, allá por el 2007 la factura de subsidios a la energía crecía año a año a la misma velocidad de los precios hasta alcanzar el año pasado una cifra cercana (todavía no están los números de diciembre) a los 200.000.000.000 de pesos. Esta bola de nieve es la otra cara de la moneda de un déficit fiscal escandaloso, que el gobierno financiaba o bien emitiendo dinero o bien enchufándole pagarés a la Anses. En castellano; no era gratis la luz, la pagábamos con impuesto inflacionario y con la plata de los jubilados.

La segunda cuestión es que a diferencia de lo que sucede con el subsidio al transporte, por ejemplo, aquí las transferencias del gobierno no discriminaban entre ricos y pobres.

El gobierno le pagaba la luz a muchísima gente que no lo necesitaba, lo cual constituye una aberración desde el punto de vista distributivo; consigue recursos fabricando billetes sin respaldo que le quitan poder adquisitivo sobre todo a los que menos tienen y reparte ese dinero entre hogares de clase media y alta de la región metropolitana de Buenos Aires, que es la de mejores ingresos del país.

A muchos nos encantaría que la energía fuera gratuita, o que el Estado nos pague el cable y el celular, pero creo que nadie puede razonablemente oponerse a un nuevo esquema en el que cada uno se va a tener que pagar lo que consume, salvo que realmente no pueda hacerlo, en cuyo caso el Estado continúa ayudándolo con una tarifa social.

Gratis

Nos encantaría que el Estado nos pague la energía, el cable y el celular, pero nadie -razonablemente- puede oponerse a un nuevo esquema de tarifas en el que cada uno va a tener que pagar por lo que consume; salvo que no pueda hacerlo, en cuyo caso el Estado continuará ayudándolo con una tarifa social.

fuente:

zzzeldia