La historia argentina parece repetirse cíclicamente. Como un deja vu, la sensación colectiva es la misma que muchos experimentan cuando enganchan una película que parece interesante y a los 30 segundos confirman lo peor “ya la ví”. Esta semana circuló por las redes sociales el titular de un diario de la década del ´80 en el que se lee “El dólar cerró a 48 y las tasas están muy altas”.

En los últimos 74 años, sin importar si el gobierno era peronista, radical, o el producto de un golpe de estado, Argentina, con la excepción de los ´90 y el periodo 200.-2006, vivió regímenes de alta inflación. Es más; los niveles actuales no son nada en compraración con el 142% promedio de inflación que vivió el país desde 1945 a la fecha. Incluso sin considerar los picos de las hiper del 89 y el 90, los precios corrían al 71 % promedio.

Como consecuencia de la alta velocidad a la que cambiaban los precios, las decisiones comerciales no podían esperar al índice oficial que publicaba el INDEC y que normalmente se informa quince días después de terminado el mes, por lo que la práctica heurística habitual fue reemplazar al índice de precios al consumidor, la base de calculo de la inflación, por el precio del dólar. Así, si el dólar subía 10 % los comerciantes remarcaban en la misma magnitud, porque lo mas probable era que aquella suba de la divisa fuera similar, en promedio, a la que había experimentado el conjunto restante de los precios de la economía.

No importaba si el negocio en cuestión vendía un bien importado, o era una peluquería. Los formadores de precios no miraban al dólar porque tuvieran insumos expresados en esa moneda, sino porque la cotización de las monedas fuertes anticipaba con una precisión razonable lo que eventualmente ocurriría con la inflación. No era que la suba del dólar generara inflación por un problema de costos, sino que el valor de las pizarras de la city, mostraba lo que estaba ocurriendo en general con los precios y de alguna manera, coordinaba las acciones de remarcación, porque si una empresa esperaba que el IPC del INDEC le confirmara cuanto había sido la inflación del mes, perdía plata por la demora en actualizar sus precios.

Si por obra y gracia de un milagro se hubiera borrado el precio del dólar de la mente de los argentinos por unos meses, la inflación hubiera sido similar, solo que el mecanismo coordinador de las remarcaciones de precios habría sido otro, o los aumentos se habrían producido de manera mas desordenada, con una mayor variabilidad y cometiendo más errores, con el agravante de que en materia de precios los errores no se cancelan con el promedio, porque hacen perder tanta plata los precios demasiado altos, como los demasiado bajos.

Los tiempos cambiaron dramáticamente en los 90 y con la excepción del shock del 2002, la economía transitó hasta el 2006 con niveles de inflación que no hacían necesario mirar el precio del dólar todos los días. Pero el mecanismo ya estaba tallado a fuego en la memoria colectiva. Sobre llovido, mojado, porque la adulteración de los números del INDEC a partir del 2007, que curiosamente todavía no ha llevado a la cárcel a sus responsables, hizo que todos volviéramos a mirar al dólar como referencia de lo que estaba realmente pasando con los precios de la economía.

Por esta razón soy pesimista respecto de las chances de controlar la inflación, si no se estabiliza al dólar primero. Pero esta condición es necesaria, mas no suficiente. Entre enero y febrero el programa monetario venía controlando con éxito al dólar, pero las tasas bajaron demasiado rápido, al punto tal que, hacia mediados del mes más corto del año, las leliqs pagaban “solo” 43 %. Consecuentemente la remuneración de los plazos fijos cayó por debajo del 35 %, pero la inflación no era consistente con esas tasas. Concretamente, las mediciones de alta frecuencia de las consultoras privadas ya anticipaban que febrero tendría en torno de 3,5 % de aumento promedio de precios, que a la postre resultó ser del 3,8 %. No se necestia ser un matemático sofisticado para darse cuenta de que los plazos fijos, con esa tasa, no cubrían la inflación. Después vino la devaluación global de los mercados emergentes, que, por las propias vulnerabilidades de la economía, le pagan más a Argentina que al resto, pero la semilla de la fuga hacia el dólar estaba plantada.

Las razones por las cuales los precios no frenaban como había anticipado el gobierno, poco importan para el punto que quiero hacer aquí, pero tenían que ver con una mezcla del impacto de los tarifazos y la inercia del propio proceso inflacionario, que en el mes de febrero se hizo evidente en el aumento del precio de las carnes, por ejemplo. En un país donde el precio del dólar es usado como heurística que coordina el proceso de formación de precios, la inestabilidad cambiaria nos condena a tener mas inflación y consecuentemente las tasas necesitan ser mucho más altas para que sea conveniente quedarse en pesos. Es el precio que pagamos por la memoria del dólar.