Si una persona que vive en otro país, sin saber nada sobre la economía argentina, se enterara de que los salarios aumentaron 110% en los últimos 3 años, probablemente pensaría que los trabajadores la están pasando muy bien, que los sueldos deben ser espectaculares y que la clase media nada en la abundancia.

Por supuesto, nada más alejado de la realidad. Cualquiera que conozca nuestra historia inflacionaria sabe que no tiene ningún sentido mirar los valores nominales, porque, aunque efectivamente los sueldos se hayan duplicado, los precios de las cosas subieron incluso más que eso, de suerte tal que la capacidad adquisitiva de los salarios en realidad cayó. En economía se llama “ilusión monetaria” al sesgo cognitivo de mirar los valores nominales sin descontarles la inflación.
Aunque esto sea tan obvio en el caso de los sueldos, no lo es sin embargo en otras variables en las cuales persiste esta ilusión, como ocurre, por ejemplo, con los créditos UVA. Asistimos todos los días, tanto por las redes sociales como por los medios más tradicionales, a historias de personas que, por ejemplo, sacaron un crédito de $1.000.000, pagaron varias cuotas y ahora deben $1.500.000. La primera pregunta que surge es: si es tan elemental que un trabajador que hoy gana $30.000 no está mejor que el que ganaba $15.000 hace tres años, ¿por qué no es tan evidente que no se puede comparar la deuda de $1.500.000 de hoy, con la de $1.000.000 cuando se sacó el crédito, por ejemplo, catorce meses atrás?

El gran acierto de los créditos UVA es que permitieron recuperar una unidad de cuenta constante, de suerte tal que quien se comprometió a devolver 5.000 ladrillos en 30 años, devolverá 5.000 ladrillos en 30 años.

Hasta antes de que se lanzara esta novedosa herramienta, el crédito hipotecario no existía en Argentina. Mientras que en Chile el mercado de los prestamos para vivienda representa el 18% del PBI y en Perú abarca el 5,5%, en nuestro país era solo del 1% del producto. La culpable del contrasentido de que se pudiera comprar un televisor en 60 cuotas, pero hubiera que pagar una casa al contado, era la inflación.

Hasta el año 2001, cuando el aumento de los precios era nulo, había en todo el sistema financiero 550.000 carpetas de créditos con garantía hipotecaria, pero 14 años después y 1.400% de inflación mediante, el mercado sumaba solo 250.000 hipotecas, incluyendo todos los PROCREAR. En una economía que había crecido un 65% en todo ese período, la cantidad de créditos no solo no había acompañado esa prosperidad, sino que había caído a menos de la mitad.

La razón es simple: como en los créditos tradicionales los bancos tenían que cubrirse de la inflación, que licuaba las deudas, exigían en los primeros años unas cuotas tan caras que prácticamente nadie podía pagarlas. Por ejemplo, para conseguir $1.000.000 de pesos, el préstamo más barato al que se podía acceder exigía una cuota inicial de $14.000, que como no podía llevarse más de una cuarta parte de los ingresos, dejaba afuera a todos los que ganaran menos de $56.000; o sea: al 95% de la población.

La ventaja de los créditos UVA es que como se ajusta por la inflación, no es necesario cobrar una cuota tan alta al comienzo del crédito, permitiendo que mucha más gente acceda de este modo a la vivienda propia. Así, mientras que para el crédito tradicional había que pagar $14.000 por cada millón, se podía entrar en un UVA pagando una cuota inicial de $5.500, o sea, menos de la mitad que antes, lo que abrió las puertas a que 120.000 personas que de otro modo nunca podrían haber sido propietarias pudieran acceder a la vivienda.

La cuota de los UVA aumenta La contra de los UVA (para los deudores) es que no hay modo de licuar la cuota; hay que pagar la misma cantidad de ladrillos que uno se comprometió a pagar, lo cual se garantiza actualizando los saldos por la inflación, de suerte tal que la cuota siempre representa la misma capacidad adquisitiva; el mismo valor.

Por supuesto, en el corto plazo, como acaba de ocurrir el año pasado, los salarios pueden correr muy por detrás de la inflación, haciendo que la capacidad de compra de los sueldos sea menor y que cueste, por lo tanto, más esfuerzo pagar, tanto la cuota como cualquier otro gasto del presupuesto familiar.

Pero esa tampoco es la comparación correcta, porque los alquileres, que eran la alternativa del que se metió en un UVA, también aumentan con la inflación. Es cierto que, por la naturaleza bi anual de los contratos, los alquileres aumentan menos que la inflación cuanto ésta se acelera, pero no hay que olvidar que después lo hacen por encima del resto de los precios, cuando la inflación se desacelera. De hecho, desde que se lanzaron los UVA, en abril del 2016, la inflación fue del 112% pero los alquileres en la Ciudad de Buenos Aires subieron 115%. Lo concreto es que a casi tres años de lanzados los nuevos créditos, el que se metió en un UVA sigue pagando menos de cuota que lo que paga de alquiler el que no se animó o no pudo sacar el préstamo.

Es verdad, sin embargo, que en los últimos 12 meses la inflación acumulada de la ciudad fue del 46,7%, mientras que los salarios registrados solo subieron un 27,3%, por lo que, si la cuota del crédito se llevaba el 25% de los ingresos, ahora ese pago exige destinar el 29% del presupuesto familiar. También es real que los alquileres aumentaron 36%, en promedio, en ese mismo período, aunque lo mas probable es que crezcan por encima de la inflación este año.

Esa eventualidad estuvo pensada, por suerte, cuando se crearon los UVA y los deudores tienen la posibilidad de exigirle al banco que les renegocie la duración del crédito a los efectos de garantizar que la cuota mantenga la relación ideal del 25% de los ingresos. Por esa razón, aún después de la terrible crisis del 2018, la tasa de incobrabilidad de esos créditos es de solo 0,4%.

Los créditos UVA son un gran instrumento para que la clase media pueda acceder a la vivienda. Cuando los salarios en dólares se recuperen y los precios de las propiedades vayan ajustándose a la nueva realidad, volverán a dinamizar el mercado.