18/02/2018 – El Día – Una expedición científica para salir a la caza del culpable de la inflación

En la primera clase de los cursos de Economía Política que dicto en la Universidad, enseño a mis alumnos que la Economía es una ciencia, porque a) Observa un fenómeno de interés b) Elabora hipótesis sobre sus causas y c) Las contrasta empíricamente.

Esto quiere decir que si, por ejemplo, vemos que hay inflación debemos ser capaces de explicar por qué ocurre ese fenómeno.

En condiciones ideales como las que presentan las ciencias exactas, trabajaríamos con una serie de hipótesis y las contrastaríamos experimentalmente. Pero el problema de las ciencias sociales es que no podemos construir el escenario contra factual en un laboratorio; esto quiere decir que no es posible volver el tiempo atrás y ver qué hubiera ocurrido si cambiábamos alguna de las variables sospechosas (la emisión, el dólar, las regulaciones sobre los empresarios, la apertura, etcétera).

Por ejemplo, ¿qué hubiera pasado si Alfonsín, en 1988 hubiera tenido acceso masivo y barato a los mercados financieros internacionales, para poder financiar su déficit fiscal sin tener que emitir tanto dinero? O ¿Qué hubiera ocurrido si Macri no hubiera podido salir del default en 2016 y hubiera tenido que reemplazar con fabricación de billetes, todo el dinero que consiguió afuera?

Existe sin embargo una fuente diferente de variabilidad. Es posible observar lo que hacen distintos países en un momento, como así también las diferentes políticas que aplica un mismo país a lo largo del tiempo. Estrictamente no se trata de experimentos porque las condiciones del grupo tratamiento y el grupo control no son idénticas y porque las políticas que se ensayan no son exógenas, en el sentido de que son las propias condiciones internas de cada país o de cada momento del tiempo, las que las explican.

No obstante, ese tipo de evidencia puede ser muy ilustrativa. Tomemos por caso la sospecha de que los empresarios son los responsables de la inflación. Es fácil ver que otros países de la región donde operan las mismas empresas que en Argentina no tienen inflación. Basta recorrer un supermercado brasileño, por ejemplo, para ver que en las góndolas se encuentran muchas marcas que también habitan nuestra geografía, pero ellos tienen 2,9% de inflación…en el año. ¿Qué ocurre? ¿Será en todo caso que acá hacen lo que quieren porque nadie los controla, pero en otras latitudes no se lo permiten? Es fácil derribar esa otra hipótesis usando la fuente de variabilidad temporal; en nuestro país no hubo inflación entre 1993 y 2001, como así tampoco entre 2003 y 2005. ¿Qué pasó entonces? ¿se ablandaron durante esos años y se corrompieron luego? Difícil de sostener.

 

LA CULPA DE LOS GREMIOS

En momentos que comienzan a negociarse las paritarias aparece la hipótesis de que son los gremios los irresponsables que empujan la inflación exigiendo altas recomposiciones. Misma metodología; busquemos la evidencia en otros países, o en nuestro pasado. Lo que los datos muestran es que no hay absolutamente ninguna relación estadística significativa entre la tasa de agremiación, o la cantidad de huelgas, y los niveles de inflación, lo cual es obvio: de los 150 países para los que hay datos comparables solo hay 12 con inflación mayor a un dígito. En la mayor parte del mundo no hay inflación; no la hay en países con alta sindicalización y tampoco en los más liberales.

Mirando los datos de Argentina en perspectiva histórica, no es cierto que se acelerara la inflación con el nacimiento y desarrollo de los gremios en la primera mitad del siglo pasado y uno de los períodos de mayor aumento de precios se dio justamente en la peor dictadura militar que tuvo el país, cuando a los gremialistas que discutían con el gobierno directamente se los encarcelaba o desaparecía. La historia reciente también refuta esa hipótesis. Hubo gremios de fuerte oposición al gobierno en los 90, como la CTA o el propio Moyano y si bien es cierto que le hicieron solo cuatro paros generales, a De La Rúa le congelaron el país nueve veces en dos años y la aguja de la inflación no se movió.

 

ENTONCES ES EL DÓLAR

Otro de los candidatos señalados siempre es el dólar. Seguramente usted escuchó muchas veces la frase “en argentina, cuando aumenta el dólar, aumenta todo”.

Falso. En primer lugar, el dólar se mueve en la mayoría de los países del mundo y eso no genera inflación. Tomemos el caso de Chile por ejemplo; el dólar aumentó en ese país un 50% en dos años, entre 2014 y 2016, sin perjuicio de ello los precios subieron en ese lapso solo 10%. En Argentina la relación tampoco es tan fuerte como se sospecha; cuando el dólar se movió en el Brexit, luego con el triunfo de Trump, con el escándalo de corrupción que casi le cuesta el puesto a Temer en Brasil y con la incertidumbre electoral previa a las PASO, el traslado a precios fue muy bajo.

Es cierto que hay otros momentos en que se observó una relación más cercana entre las devaluaciones y la inflación, pero en esos casos el aumento del dólar se producía como consecuencia de un aumento de la cantidad de dinero que puede haber sido la real causa detrás de las subas de precios.

Por supuesto, en el café, o en un asado con amigos, uno puede sostener cualquier argumento, pero en la Universidad no; en la Facultad enseñamos ciencias y exigimos por tanto pruebas.

En momentos en que la inflación cede más despacio de lo que todos quisiéramos, el gobierno debería buscar más ayuda en las universidades, para evitar cometer errores como la señalización a empresarios o los límites a las paritarias.

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